martes, 20 de enero de 2026



La responsabilidad que no me tocaba

Cuento esto ahora porque mis padres ya no están. Mientras vivieron, jamás hubiera hablado de esto aquí. No por miedo, sino por lealtad. Sentía que compartirlo era traicionarles, aunque casi seguro nunca hubieran llegado a leerlo. Hoy puedo hacerlo sin culpa, con cariño, y con el respeto que ellos merecen.

Desde niña viví con miedo. Tenía una responsabilidad que no me tocaba, pero la asumí como si fuera mía. Creía que era mi trabajo. Mi deber. Que no podía fallar.

Cuando mi madre salía y yo me quedaba sola esperando a mi padre, cada minuto era tensión. Sabía que si él llegaba y mi madre no estaba, se enfadaría, 



y me tocaba a mí calmarlo, contenerlo.




Cuando oía la llave en la cerradura, rezaba para que fuese mi madre y no él.




El miedo a lo que podía pasar

No tenía miedo de que mi padre me hiciera daño. Tenía miedo de lo que pudiera pasar si se enfadaba con mi madre.




Sus amenazas de irse no eran vacías: él era nuestro único sustento. Mi madre no trabajaba, salvo cuando él la ponía a ayudar en algún negocio: una droguería, un videoclub, lo que surgiera. Y entonces ella trabajaba, y todo dependía de su humor y de su presencia.

Me preguntaba: “¿y si se enfada? ¿y si se va y nos deja?” Él repetía: “¿qué haríais sin mí?” y yo sentía que todo dependía de mí.




El aislamiento y la fobia social

Dejaba mis pocos planes, mis momentos, incluso mi vida social, para estar con él. Mi aislamiento se hizo más grande de lo normal, incluso para una incipiente  fobia social. Yo misma intentaba que hablara conmigo, que se desahogara, que yo pudiera contenerlo.



Era demasiado para una niña, luego adolescente, pero lo hacía porque lo adoraba. No podía soportar verle sufrir. Él nos quería a todos, especialmente a mí. Nunca nos hubiera hecho daño a propósito, pero sin querer, su desahogo caía sobre mí, y yo me ofrecía sin pensarlo.

La semilla de la fobia social

Cada día era un equilibrio constante entre miedo, responsabilidad y amor. Con el tiempo, toda esa tensión fue moldeando mi forma de estar en el mundo. Aprendí a estar alerta, a no molestar, a anticipar problemas, a evitar conflictos. Eso contribuyó a que desarrollara fobia social.



Pero no culpo a mis padres. Sé que hicieron lo mejor que supieron o pudieron. Y mi forma de ser ,siempre tímida, sensible y con tendencia a absorber demasiadas cosas, también tuvo un peso enorme. 



Todo junto se convirtió en una bomba de relojería dentro de mí.



Hoy estoy aprendiendo otra vida. Una donde no tengo que contener a nadie. Donde recibir cariño no es peligroso. Donde cuidarme no significa que algo malo vaya a pasar. Estoy aprendiendo, despacio, que no tengo que salvar el mundo para merecer un lugar en él.



Aun así, sigo siendo una mujer asustadiza, que se sobresalta con los ruidos fuertes. Dependiente, con miedo a la vida.

Mis hermanos vivieron lo mismo y no desarrollaron fobia social; mi sensibilidad y mi forma de ser hicieron el resto. 

La fobia social no  desapareció.

Sigue ahí, acompañándome de formas que ya conozco.

Pero hoy no me impide vivir.

He encontrado un lugar en este mundo que no tengo que justificar ni defender.

No es perfecto ni fácil siempre.

Pero es mío.

Y ahora sé quedarme en él.


PD : Esta sensibilidad me llevó a sentir que, para estar segura, lo mejor era no estorbar, hasta el punto de terminar pidiendo perdón por el simple hecho de estar presente.

En la siguiente entrada hablaré de la vergüenza tóxica y cómo aprendemos a pedir perdón por existir, un tema muy conectado con este.