SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ
Cuando la vigilancia se hace constante, algo empieza a pasar: empezamos a confundir control con protección.
No se trata de querer mandar ni destacar. Se trata de evitar quedar expuestos.
Durante un tiempo me quedaba largas temporadas en casa sin salir. No era desgana. Era una forma de protección frente a esa exposición que tanto pesaba.
Y cuando salía, intentaba que las expectativas no cayeran solo sobre mí.
Si había que decidir un juego, pensaba y decia :
-- Bueno, siempre decido yo, ahora que lo haga otro.
No era ceder por generosidad. Era una manera de repartir el peso.
De ese modo, si algo salía mal, si el juego no cumplía las expectativas, las críticas no caerían solo sobre mí.
Aprendí a moverme así. A bajar el perfil. A controlar sin que se notara.
Ese control daba alivio. Me protegía del error, de la mirada ajena, del juicio.
Pero también tenía un precio.
Cada decisión estaba pensada. Cada paso medido. La espontaneidad quedaba fuera.
El control parecía seguridad, pero en realidad estrechaba el espacio donde podía moverme.
Con el tiempo, protegerse así acaba generando más miedo que calma. Porque cuanto más controlas, más frágil se vuelve todo lo que no puedes controlar.
Y la vida ,las relaciones, las personas, nunca se dejan controlar del todo.

