Mi día a día con el enemigo invisible (Parte 3: El precio a largo plazo)
Con los años, el verdadero impacto de vivir así no se mide en grandes ambiciones, sino en el vacío de las pequeñas experiencias cotidianas que dejé pasar. Pienso en la cantidad de invitaciones a planes, comidas o celebraciones de conocidos que terminé rechazando o cancelando a última hora porque el pánico a exponerme pudo más que mis ganas de ir. Es molesto mirar atrás y ver cómo el miedo intenta ser el arquitecto de vida, decidiendo qué cosas haces y cuáles dejas de hacer solo para no pasarlo mal. Afortunadamente, la vida me dio la oportunidad de conocer a mi marido, que es mi gran apoyo y el único que necesito a mi lado, pero sé perfectamente lo que es aislarse del resto del mundo para protegerse. De hecho prácticamente, no me relaciono con nadie más, ni siquiera con mi familia que vive lejos .
La fachada de la calma y la fatiga de fingir
Lo que la gente ve desde fuera es muy engañoso. En las pocas ocasiones en las que no me queda más remedio que exponerme con gente, me han llegado a decir que transmito serenidad, que parezco una persona muy tranquila, pausada y callada. Me da una risa amarga escucharlo. No ven que esa supuesta "calma" es en realidad una parálisis para sobrevivir al momento. Por dentro, mi cabeza es un terremoto: el estómago cerrado, el cuerpo rígido y un monólogo interno que no para de analizarlo todo. Fingir que estás completamente relajada cuando por dentro te falta el aire consume una energía devastadora. Llego a casa exhausta, con unas ganas enormes de cerrar la puerta del todo y apagar el personaje por el resto del día.
La jaula de las contradicciones
Vivir con esto es vivir en una contradicción constante que agota psicológicamente. A veces hay momentos en los que me encantaría hablar, comentar algo o decir lo que pienso en una conversación, pero en el último segundo me trago mis palabras por miedo a ser el centro de atención o a que mi voz suene extrañ o decir una tonteria Deseo, como cualquier persona, mantener el contacto con la gente, pero cuando llega el momento de quedar o responder, me invade una ansiedad mezclada con pereza mental que me hace buscar cualquier excusa para quedarme en mi rincón seguro. Es un tirón constante entre querer estar presente y el instinto de esconderse.
Mis pequeñas grandes victorias
A pesar de toda esta carga, he aprendido a celebrar cosas que para cualquiera serían insignificantes, pero que para mí son auténticos triunfos. El día que voy al supermercado y, en lugar de dar tres vueltas buscando un artículo a ciegas para no hablar, me armo de valor y le pregunto a un empleado, siento un orgullo tremendo. O cuando escucho ruido en el portal y, en vez de quedarme congelada esperando detrás de la puerta a que se vaya el vecino, decido salir y afrontar esos segundos de saludo. Incluso algo tan simple como ir en el autobús, cruzarte de frente con la mirada de un desconocido y ser capaz de sostenerle la sonrisa un instante en lugar de agachar la cabeza con vergüenza, es una medalla invisible. Mi ritmo es diferente, pero cada vez que gano una de estas batallas, me demuestro a mí misma que sigo siendo la dueña de mi vida.