La sensación de que cada gesto es analizado y juzgado puede ser abrumadora. Solo pensarlo, o imaginar que te miran, ya te pone a mil; si las miradas son reales, parecen confirmar todo lo que ya sentías.
La gente no te mira porque sí: siempre hay alguna razón, positiva o negativa, y ahí comienzas a pensar en todo.
¿Tengo el jersey del revés?
¿Ando raro?
¿Se nota que soy diferente?
Yo creo que a nadie le gusta que lo miren, tenga o no fobia social. Todos quieren que los dejen en paz. Pero con fobia social, no quieres dar motivos para que te observen, porque normalmente interpretas que la mirada es por algo negativo, y no dejas de pensar qué tienes de malo.
Cuando estás sentado y no puedes hacer nada “ridículo”, en principio, solo hablando con unos amigos, parece obligatorio mirar a la cara. No puedes quedarte mirando al suelo, pero cuando no son amigos de confianza, esas miradas pesan aún más.
Parece que pudieran meterse en tu mente, que pudieran leerla; porque tu cara es un mapa legible: tensión, duda, evasión… todo se refleja, aunque intentes disimular.
Cada gesto que haces es observado. Cada respiración, cada parpadeo, cada movimiento mínimo parece leído y juzgado.
No puedes escapar: tu cara delata tu tensión, tu duda, tu miedo. Lo intentas esconder, lo controlas… pero todo está ahí. Cada mirada pesa, constante, invisible, ineludible.
No hay alivio fácil. La ansiedad social permanece, marcando cada instante, condicionando .
Este es mi mundo: Mi vida con fobia social
