No siempre hubo miedo a los demás. Antes hubo atención.
Una atención que poco a poco dejó de estar fuera y empezó a volverse hacia dentro.
En algún momento empezamos a observarnos mientras hablábamos. A medir cómo sonaba nuestra voz. A corregir gestos, palabras, silencios.
No era algo consciente. No pensábamos “me estoy vigilando”. Simplemente ocurría.
La conversación dejó de ser un intercambio y pasó a ser una tarea.
Mientras otros hablaban, una parte de nosotros estaba ocupada en comprobar si estábamos haciéndolo bien. Si habíamos dicho demasiado. Si habíamos dicho algo raro. Si se notaba el nerviosismo.
Esta vigilancia no apareció porque sí. Fue una forma de protegerse.
Cuando tuve edad ,o valor, para salir sola a la calle y jugar con las niñas del barrio, yo era la mayor con diferencia. Si yo tenía once o doce años, ellas tendrían ocho o nueve.
Solo por eso ya me sentía fuera de lugar. Un poco ridícula jugando al escondite o a pillar con niñas más pequeñas. Aun así, lo pasaba bien y seguía quedando con ellas.
Muchas veces era yo quien ideaba los juegos. Concursos de canciones, pequeñas obras de teatro. Nos dividíamos en grupos, nos íbamos a ensayar y luego lo mostrábamos.
Siempre ganaba mi grupo. Yo era más sabia, más ingeniosa. Y ese pequeño estatus era importante para mí.
Mantener el interés de las niñas me generaba tensión. Sentía que tenía que sostener ese papel.
Si alguna se salía del molde que yo tenía , si decía algo que me dejaba en evidencia, lo pasaba muy mal.
No solo por el comentario en sí. También por la vergüenza de estar allí, con niñas más pequeñas, que me hacian sentir humillada
Ahí aprendí algo sin ponerle palabras: que estar con otros implicaba no perder el sitio, no quedar expuesta, no bajar de nivel.
El problema es que vigilarse cansa. Y cuanto más nos vigilamos, menos presentes estamos.
No escuchamos del todo. No respondemos desde lo que sentimos, sino desde lo que creemos que es adecuado. La espontaneidad se va reduciendo.
Con el tiempo, esta vigilancia constante genera una sensación extraña: estar con otros, pero no estar del todo.
El cuerpo tenso. La mente acelerada. Y la sensación de que relacionarse requiere un esfuerzo enorme.
Muchas personas con fobia social no tienen miedo a los demás. Tienen miedo a fallar mientras están con los demás.
Y esa vigilancia, que un día ayudó a protegernos, acaba convirtiéndose en una prisión invisible.

No hay comentarios:
Publicar un comentario