El camino de las minas invisibles
El campo infinito: las minas diarias que nadie ve
Hemos recorrido las minas más profundas de este camino, pero la realidad es que el terreno nunca se limpia del todo. La fobia social no avisa con un calendario; se esconde en los detalles más absurdos, pequeños y mundanos de un día cualquiera. Son fogonazos de pánico que duran un segundo, pero que te dejan temblando por dentro. Para cerrar esta sección , quiero dejar constancia de otras minas pequeñas, rápidas y silenciosas que detonan varias veces al día sin que nadie a tu alrededor note el impacto.
La ráfaga de los pequeños impactos
La mina del escaparate: El agobio de querer mirar una tienda, pero no entrar porque el dependiente está solo y sabes que te va a saludar, a mirar fijamente o a preguntar qué buscas en cuanto cruces el umbral. Prefieres seguir de largo.
La mina del cruce de miradas: Ir caminando por un pasillo largo o una calle vacía y ver que alguien viene de frente a lo lejos. Esos eternos diez segundos en los que no sabes dónde mirar: ¿al suelo?, ¿al móvil?, ¿al infinito? Sientes que tu forma de andar se vuelve ortopédica bajo su supuesta mirada.
La mina de la despedida falsa: Despedirte de alguien de forma educada en la calle, girar la esquina para irte... y darte cuenta de que los dos vais exactamente hacia el mismo sitio o camináis en la misma dirección. Sostener ese silencio o forzar otra charla es una tortura.
La mina del objeto perdido: Que se te caiga un bolígrafo, las llaves o una moneda en un sitio público y silencioso. El pánico a agacharte, a hacer ruido, a llamar la atención y a sentir que todos los ojos del vagón o de la oficina se clavan en tu nuca mientras lo recoges.
La mina de la llamada fantasma: Que te suene el teléfono de golpe en mitad de un transporte público o un espacio tranquilo. Sentir que el tono de llamada es una alarma que te acusa y preferir dejarlo sonar en silencio antes que pasar el trago de hablar en alto frente a desconocidos.
Aprender a caminar entre minas
La lista podría ser infinita porque cualquier interacción humana, por minúscula que sea, es susceptible de albergar una carga explosiva. Vivir con fobia social no es solo tener miedo a los grandes escenarios o a hablar en público ante mil personas; es el desgaste acumulado de pisar diez de estas minas pequeñas antes de que den las doce de la mañana. Reconocerlas, ponerles nombre y saber que no estás loca por sentirlas es el primer paso para aprender a caminar por este mapa sin destruirte en el intento.
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