Cosas cotidianas del día a día: aquellas pequeñas cosas que no se ven
Usar el transporte público puede parecer algo muy simple, casi automático, pero para mí no lo es. Cada vez que tengo que subirme a un autobús, un metro o un tren, mi cuerpo se pone en modo alerta. No siempre pasa con la misma intensidad, pero en general, es una experiencia que me cuesta mucho gestionar.
Antes incluso de salir de casa, ya estoy pensando en todo lo que puede ir mal: si habrá demasiada gente, si encontraré un sitio donde sentarme, si me tocará estar de pie mientras todos me miran. Me preocupa no saber cómo reaccionar si alguien me habla, o si me equivoco de parada y tengo que corregirme delante de otros.
Cuando el vehículo llega, me coloco en la fila intentando no destacar, no molestar, no parecer nerviosa. Si hay que validar el billete o tarjeta, intento hacerlo rápido, sin bloquearme, sin equivocarme. Y si hay gente esperando detrás, el nivel de presión se multiplica.
Dentro, elijo el asiento con cuidado. Siempre que puedo, busco uno alejado de los demás, preferiblemente junto a la ventana. Si no hay sitio y tengo que quedarme de pie, me entra una sensación de incomodidad enorme. Me fijo en cómo coloco el cuerpo, si estoy ocupando demasiado espacio, si alguien me está mirando.
Y cuando hay ruido o personas que hablan alto o miran con demasiada insistencia, me siento aún más vulnerable. Me cuesta incluso sacar el móvil o mirar por la ventana con tranquilidad, como si todo lo que hago pudiera ser juzgado.
No siempre pasa algo concreto. A veces solo voy de un punto a otro y ya está. Pero el nivel de tensión que llevo encima es tan alto que, al bajar, necesito un rato para recuperarme. Es un tipo de cansancio que no se ve, pero que me acompaña durante horas.

