Entre el silencio y la incomprensión: la fobia social que no se ve
A veces pienso que la ansiedad no se nota tanto por lo que hago, sino por todo lo que dejo de hacer.
Hay personas que me ven callada, quieta o sin participar y creen que simplemente no me apetece. Que soy tímida, distante o incluso desinteresada. Desde fuera puede parecer que no pasa nada. Pero por dentro ocurre todo lo contrario.
No hablar. No llamar la atención. No dar una opinión. . No hacer una pregunta. No participar. Cada una de esas cosas que no hago suele tener detrás un miedo que los demás no pueden ver.
Es curioso cómo la sociedad parece esperar que siempre estemos demostrando algo. Que participemos, conversemos, opinemos, sonriamos, hagamos. Como si permanecer en un segundo plano fuera un defecto.
¿Y si esa quietud fuera la respuesta a un miedo constante a ser observados, evaluados o juzgados?
Creo que muchas personas no imaginan el esfuerzo que puede suponer algo tan sencillo como decir una frase delante de otras personas. A veces una sola palabra puede generar más ansiedad que una tarea físicamente agotadora.
No es que no quiera hacer las cosas.
Es que el miedo consigue detenerme antes incluso de intentarlo.
Y eso duele, porque desde fuera parece que no hago nada, cuando en realidad estoy librando una batalla que nadie ve.
Cada gesto, cada conversación y cada decisión pasan antes por un filtro de dudas. Me pregunto si haré el ridículo, si molestaré, si diré algo inapropiado o si los demás pensarán mal de mí. Es un desgaste constante que termina robándome la energía.
Muchas veces lo único que necesito es un poco de tiempo para respirar, sentirme segura y no tener la sensación de que todo lo que hago está siendo evaluado.
La fobia social tiene esa capacidad de hacerse invisible para los demás.
No deja heridas que puedan verse. No provoca que la gente se aparte para ayudarte. Simplemente va llenando tu vida de pequeñas renuncias que, con el tiempo, terminan siendo enormes.
Palabras que no dices.
Lugares a los que no vas.
Oportunidades que dejas pasar.
Personas que nunca llegas a conocer.
Y mientras tanto, el mundo sigue avanzando como si nada ocurriera.
A veces ni siquiera quienes están cerca llegan a comprender que la falta de acción no siempre significa falta de ganas.
Muchas veces significa que el miedo ha ganado esa batalla.
Recuerdo escribir esta reflexión un día en el que además estaba enferma, con fiebre y malestar. Quizá por eso sentía todavía más la necesidad de sacar todo esto de dentro.
Con el tiempo he comprendido que lo que más ayuda no es que los demás encuentren una solución para nosotros.
Lo que de verdad ayuda es que intenten comprender que detrás del silencio puede haber una lucha enorme.
Porque en la quietud no siempre hay indiferencia.
A veces hay miedo.
A veces hay agotamiento.
Y, muchas veces, hay una persona que daría cualquier cosa por poder vivir todo eso que los demás hacen sin siquiera pensarlo.
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