EL INFIERNO INVISIBLE DE LA EXPOSICIÓN
He tratado muchos temas sobre fobia social, pero nunca he escrito directamente sobre uno de sus mayores miedos y uno de sus escenarios más difíciles porque lo veía como algo evidente. Pero es algo muy complicado para las personas con fobia social y he pensado que debía escribir directamente sobre ello: la exposición.
Para iintentar entender lo que se siente cuando tienes que exponer, hablar en público o enfrentarte a un grupo, imagina que estás frente a un animal salvaje que amenaza tu vida.
Tu corazón se dispara, el aire parece no llegar a los pulmones, la vista se nubla y cada célula de tu cuerpo te grita una sola cosa: huye o muere.
Eso se parece a lo que puede experimentar el cerebro de alguien con fobia social ante una exposición, pero con una diferencia : no hay ningún peligro físico real al que enfrentarse. Solo hay miradas, miedo al juicio y terror a hacer algo inapropiado
Uno de los momentos de mayor intensidad puede ser tener que desarrollar por ejemplo un tema que has preparado delante de un público. Y puede ser todavía más difícil cuando tienes que improvisar, aunque conozcas perfectamente el tema.
Pero la exposición no se limita a situaciones como esta. También puede aparecer al estar con un grupo de personas que conoces poco, en una boda o un cumpleaños, al hablar con un desconocido, al participar en una conversación o en muchas otras situaciones sociales aparentemente normales. La intensidad puede ser muy diferente de unas situaciones a otras, pero todas pueden despertar miedo a ser observado, juzgado o a hacer algo inapropiado.
El peor escenario posible
La exposición puede ser el peor momento que vive una persona con fobia social porque reúne, en un solo instante, muchos de sus miedos. No se trata de «timidez» o de «ponerse un poco nervioso». Quien no lo vive suele pensar que es cuestión de voluntad . Lo que no ven es que la fobia social puede hacer que el juicio ajeno se sienta como una amenaza extrema, aunque racionalmente sepas que nadie va a hacerte daño.
En la mente de la persona, estar expuesto significa ser observado, analizado y juzgado bajo un microscopio implacable. Cualquier pequeño fallo ,un temblor en la voz, un olvido, sudar o quedarse en blanco, puede sentirse como el ridículo absoluto, el rechazo y la humillación.
El cuerpo atrapado en su propia trampa
La atención deja de estar en el contenido de lo que se habla y se centra al mil por ciento en el propio cuerpo y en el pánico descontrolado. El acto de hablar se convierte en una auténtica tortura.
El momento exacto de estar expuesto
Tienes que hablar mientras notas que la voz no te responde como quieres.
Tienes que continuar mientras eres consciente de tus manos, de tu cara, de tu respiración o de ese calor que sube por el cuerpo.
Tienes que seguir explicando algo mientras una parte de tu atención está pendiente de si te estás equivocando, de si los demás se han dado cuenta y de qué estarán pensando de ti.
Y lo más difícil es que no puedes detener ese momento para tranquilizarte y volver a empezar cuando estés preparado. Estás expuesto mientras la exposición está ocurriendo.
Puedes saber perfectamente lo que quieres decir y, aun así, quedarte en blanco. Puedes haber preparado algo durante horas y sentir que en ese instante no recuerdas nada.
Puedes escuchar tu propia voz temblando y pensar que todo el mundo la está escuchando igual que tú.
Desde fuera quizá solo se vea a alguien hablando delante de otras personas. Desde dentro puede sentirse como estar intentando hacer algo aparentemente sencillo mientras todo el sistema de alarma está gritando que salgas de allí.
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