El trabajo invisible de parecer una persona normal
Hay personas que parecen desenvolverse por el mundo sin pensar demasiado en cómo están desenvolviéndose por el mundo.
Hablan con alguien y hablan. Entran en un sitio y entran. Se sientan, esperan, hacen una pregunta, responden, se levantan y se van.
No parece que haya mucho más detrás.
Cuando tienes fobia social, muchas de esas cosas llevan un trabajo añadido que casi nadie ve. No solo tienes que hacer lo que estás haciendo. También tienes que estar pendiente de cómo lo estás haciendo y de cómo estás pareciendo mientras lo haces.
Y ahí empieza el trabajo invisible de parecer una persona normal.
El personaje que nadie sabe que estás interpretando
Llegas a un sitio y, antes de pensar siquiera en lo que has venido a hacer, ya estás comprobando si tu comportamiento parece adecuado.
Te sientas.
¿Demasiado pronto?
Te levantas para coger algo.
¿Ha quedado raro levantarte ahora?
Alguien te habla y respondes.
¿He contestado demasiado rápido? ¿Demasiado seco? ¿He sonado antipático?
La otra persona probablemente ya ha pasado a la siguiente cuestión.
Tú sigues allí, revisando la anterior.
No es que estés intentando engañar a nadie. Ni siquiera estás pensando conscientemente: «Ahora voy a fingir que soy normal».
Es mucho más automático que eso.
Has aprendido a vigilarte.
El problema de no saber qué hacer cuando no estás haciendo nada
Hay situaciones en las que no ocurre absolutamente nada y, aun así, pueden resultar agotadoras.
Estás esperando.
No tienes que hablar con nadie.
No tienes que hacer nada especial.
Pero de repente eres consciente de que estás simplemente ahí.
Y entonces aparece otra tarea: decidir qué hacer con ese momento.
Miras el móvil, pero tampoco quieres parecer que estás escondiéndote detrás del móvil.
Miras alrededor, pero entonces eres consciente de que estás mirando alrededor.
Sonríes al cruzarte con alguien porque quizá corresponde sonreír.
Después dudas de si has sonreído demasiado.
Y mientras tanto, la otra persona probablemente ni siquiera ha registrado nada de eso.
Para ella solo has sido alguien que estaba esperando.
Para ti ha sido una pequeña jornada laboral.
El guion que cambia sobre la marcha
Lo complicado es que no existe un guion único.
Lo que funciona con una persona puede parecer no funcionar con otra. Una respuesta que en una situación resulta educada, en otra puede parecer demasiado fría. Una broma puede funcionar con un grupo y dejarte preguntándote durante horas si acabas de decir algo fuera de lugar.
Así que no basta con aprender determinadas respuestas.
Hay que interpretar la situación.
Observar.
Calcular.
Adaptarse.
Y hacerlo mientras mantienes una conversación como si todo eso no estuviera ocurriendo.
La otra persona está hablando contigo.
Tú estás hablando con ella.
Y, al mismo tiempo, una parte de tu cabeza está trabajando en segundo plano:
¿Estoy mirando demasiado?
¿Estoy hablando demasiado?
¿Ahora me toca decir algo?
¿Esto que acaba de decir requiere una respuesta o basta con sonreír?
Es difícil estar completamente presente en una conversación cuando una parte de tu atención está ocupada supervisando al personaje que participa en ella.
Cuando hasta despedirse tiene instrucciones
Y llega el momento de marcharse.
Para cualquiera puede ser tan sencillo como levantarse y decir:
«Bueno, me voy.»
Para ti puede empezar otra pequeña negociación interna.
¿Ahora?
¿Es demasiado pronto?
¿Tengo que explicar por qué me voy?
¿Me despido de todos?
¿Y si alguien me pregunta algo justo cuando ya me estaba yendo?
Mientras estás pensando todo esto, los demás continúan hablando tranquilamente.
Finalmente consigues levantarte.
Dices adiós.
Sales.
Y desde fuera no ha pasado absolutamente nada extraño.
Has llegado, has hablado, has estado allí y te has despedido.
Una interacción social completamente normal.
Lo que nadie ha visto es todo el trabajo que has hecho para conseguir que lo pareciera.
El cansancio de estar pendiente de ti mismo
Quizá por eso algunas personas con fobia social terminan agotadas después de situaciones que, desde fuera, parecen insignificantes.
No necesariamente porque hayan hablado con mucha gente.
No necesariamente porque haya ocurrido algo desagradable.
A veces el cansancio procede simplemente de haber estado durante horas vigilando cada pequeño movimiento.
Cómo te sientas.
Cómo miras.
Cómo hablas.
Cuándo intervienes.
Cuándo callas.
Cuándo te ríes.
Cuándo te vas.
Es como llevar un supervisor dentro de la cabeza tomando notas continuamente.
Y lo curioso es que, cuanto mejor haces ese trabajo, menos se nota.
Si consigues comportarte de manera suficientemente natural, nadie sabe que estabas esforzándote.
Ese es quizá uno de los aspectos más invisibles de la fobia social.
El éxito puede parecer ausencia de dificultad.
Si nadie nota tu nerviosismo, parece que no estabas nervioso.
Si nadie percibe todo lo que has pensado antes de hablar, parece que simplemente has hablado.
Si consigues mantener una conversación, parece que conversar no te cuesta.
Y así, desde fuera, puede parecer que eres una persona que funciona con absoluta normalidad.
Mientras tú sabes que, para conseguirlo, has tenido que trabajar mucho más de lo que nadie ha visto.
Otras situaciones en las que también estás trabajando
Cuando quieres hacer una pregunta y no la haces.
Porque primero tienes que decidir si la pregunta es suficientemente razonable como para arriesgarte a hacerla.
Cuando preparas una respuesta que nadie te ha pedido.
Porque necesitas tener prevista una salida por si aparece una pregunta inesperada.
Cuando corriges un error que te afecta y decides dejarlo pasar.
Porque explicar que hay un problema supone enfrentarte a otra interacción.
Cuando estás más pendiente de parecer atento que de escuchar.
Porque mientras la otra persona habla, tú también estás vigilando tu expresión, tu mirada y cuándo te toca responder.
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DISIMULANDO LA FOBIA SOCIAL Y EL MIEDO
Ejemplo de conversación con fobia social
Disimulando la fobia social y el miedo
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