UNA FOBIA NO SE VE DESDE FUERA
Desde fuera parezco tranquila. Lo sé porque me lo han dicho muchas veces.
"Si es que no se nota nada", dicen.
Y yo asiento, como si me alegrara de ser buena actriz.
Desde fuera parezco borde, o seca, o demasiado callada. También lo sé. He aprendido a adivinar esas miradas: las que no entienden, las que juzgan, las que directamente se apartan. A veces siento que no soy una persona para los demás, sino una serie de gestos que no encajan, un silencio incómodo, un hueco raro en la conversación.
Desde fuera, mi fobia se ve como desgana. Como si no me interesara hablar, o estar, o formar parte.
Desde dentro es otra cosa.
Desde dentro hay un sobresalto cuando me nombran.
Un temblor en el estómago cuando me miran.
Una lucha interna cada vez que tengo que decidir si digo algo o me quedo callada (y siempre pierdo, haga lo que haga).
Desde dentro no hay indiferencia. Hay miedo.
Miedo a decepcionar, a estorbar, a parecer tonta, a que me juzguen, a que me recuerden, o peor: a que no me recuerden en absoluto.
Pero nada de eso se ve.
Lo que se ve es alguien que no participa, que no responde al saludo, que baja la mirada cuando pasa cerca.
No se ve que he repasado diez veces cómo iba a decir "hola" antes de atreverme a cruzar la calle.
No se ve que mi cabeza está llena de voces que no callan, de dudas que se pisan unas a otras.
Y entonces llega alguien y me dice que soy muy distante. Que debería sonreír más. Que todo está en mi cabeza.
Y claro que está en mi cabeza.
Ahí es donde vivo la mayor parte del tiempo. Ahí es donde se multiplica cada error, donde se me queda grabada cada frase que no dije, cada gesto mal interpretado.
Desde fuera, mi fobia parece un muro.
Desde dentro, es un laberinto.
No sé si algún día se podrá ver desde fuera tal como se siente desde dentro. Pero si alguna vez alguien se acerca con paciencia, con verdadera curiosidad, con ganas de entender en lugar de diagnosticar… quizá, solo quizá, logre ver algo más que mi silencio.
