Querer no es poder, pero la necesidad, a veces, sí es poder.
Para mí, sobrevivir a mis propios pensamientos ya me ocupaba la jornada completa.
La gente espera un ritmo que no es el mío. Insisten, y en esa insistencia, mi bloqueo se hace de hormigón. No me invitan a salir, me empujan a esconderme más. Me aparto, me callo, desaparezco. Y entonces llega la invitada más cruel de todas: la culpa.
Culpa por decir no a una amiga.
Culpa por hacerla sentir que tiene que elegir.
Culpa por no ser una buena amiga.
Yo tenía ,y tengo, aunque lejos, una amiga del instituto. Con ella iba a todas partes: al cine, a tomar un café o a la discoteca. Nosotras solas éramos de total confianza. No había fobia social con ella; de hecho, conocía todas mis manías y prevenciones y nunca se enfadaba ni lo veía extraño. Me aceptaba tal y como soy.
Pero se acabó el instituto y vino la universidad. Estaba dispuesta a seguirla donde fuera porque tampoco tenía muy claro qué hacer, pero escogió lo que yo no podía escoger, porque no me gustaba y se me daba fatal. Así es que nos separamos del día a día.
Yo me fui a otra universidad con tres chicas que conocía, pero no éramos amigas de salir ni nada (dejé aquí mi horrible experiencia en la universidad: (Fobia en la universidad).
Mi íntima amiga, sin fobia social, hizo amigos en la universidad, especialmente una chica. Cuando me llamaba para quedar, le preguntaba quién iría. A veces iba con esa chica sola, otras con más gente, y yo le decía que no.
Tratar con desconocidos era horrible. No sabía de qué hablar con ellos, no sabía si tenía algo en común y sabía que me evaluarían, para saber si les caería bien o mal. Aunque las veces que fui no hablaba casi, les caía bien, como he contado en la sección Cosas que no sabemos de nosotros: Ternura Ellos decían: “Qué chica más maja, dile que vuelva”.
Pero para mí repetir era aún peor que ir de nuevas, porque tenía que cumplir con las expectativas positivas que habían tenido de mí y no sabía qué hacer para ello. Así es que, de entrada, cuando venía ese grupo, me negaba a salir.
Por suerte, siempre quedaba solo con esa chica. Aun así, iba incómoda, porque solo hablaban ellas de sus temas y la otra chica monopolizaba la conversación. Me dejaban fuera y lo pasaba mal.
Al igual que yo, la otra chica parecía querer a mi amiga también en exclusiva, y lo conseguía porque yo no podía intervenir en sus conversaciones.
Con el tiempo me di cuenta de que tenía que pasar por el aro. Aunque no quisiera, la necesidad de mantener la amistad pudo más. Iba incómoda, pero al menos salía.
Con el tiempo, incluso empezamos a tener cosas en común la otra chica y yo, e incluso nos fuimos juntas un verano a trabajar a Francia (Experiencia laboral en el extranjero). Y nos unimos más aún; así, nuestro nexo de unión siempre fue nuestra amiga común.
Yo no quería, pero la necesidad pudo por mí. No quería perder a mi amiga, y ella no iba a elegir a una de las dos.
Lo mismo pasa con un trabajo: a las personas con fobia social nos cuesta mucho, pero no hay otra. Hay que hacerlo si no tienes a alguien que te apoye. Llamar por teléfono nos cuesta, pero si no hay nadie que haga esas llamadas por ti, las tienes que hacer tú, con todas las muletas que quieras, con ansiedad e incluso llorando. Lo tienes que hacer porque nadie lo hará por ti.
Así es que, sí, si lo necesitas, puedes.
REFLEXIÓN
En la fobia social, querer no siempre implica poder. A veces las ganas de hacer algo están ahí, pero la ansiedad o el miedo lo bloquean. La necesidad, sin embargo, puede empujar. Situaciones que requieren acción, como mantener una amistad o cumplir un trabajo, obligan a superar bloqueos aunque cueste esfuerzo y ansiedad.
A veces el acto más valiente puede ser simplemente hacer lo que se necesita, aunque sea incómodo, y perdonarse por las veces que no se pudo.
Quiero añadir algo más sobre esas amistades que cuento aquí. La amiga de mi amiga, que con el tiempo también fue mi amiga, murió hace unos años, muy joven y de forma repentina. Los momentos que viví con ella existieron porque, aunque no quería, forcé mi fobia social. Si no lo hubiera hecho, no habrían ocurrido.
