No siempre tuvimos miedo a mostrarnos. Antes hubo un momento ,o muchos pequeños ,en los que hacerlo empezó a doler.
Pronto empezó a ser muy estresante: las niñas esperaban que yo ideara juegos. Sentía mucha responsabilidad y peso. Me sentía muy expuesta, no podía fallar, y yo no era en realidad lo que veían en mí. Nunca nací para ser una líder.
A veces pasaba que nos enfadábamos: el famoso “ya no te ajunto” que decíamos. Se hacían dos grupos: unas apoyaban a la de la discordia y otras a mí. Así estábamos unos días hasta que se nos pasaba. Pero mientras tanto, mi nivel de exigencia subía: tenía que demostrar a mi grupo que había elegido bien.
Muchas veces deseaba no salir de casa y enfrentarme a las niñas. Pero aún podía más mi deseo de divertirme.
Esa experiencia me enseñó algo sin palabras: mostrarse podía doler. Que ser visto y valorado dependía de cumplir expectativas externas. Que cualquier error podía dejarme expuesta.
A partir de ahí empezamos a pensar antes de hablar. A medir qué partes de nosotros sacamos y cuáles escondemos. A suavizar gestos, palabras, emociones. No es cobardía: es adaptación.
Mostrarse deja de ser natural y pasa a ser un riesgo. Un riesgo que se evalúa constantemente:
¿Esto es demasiado? ¿Estoy quedando mal? ¿Se me nota?
Y aunque nadie esté juzgando, el cuerpo actúa como si lo estuviera.
Con el tiempo, esta sensación se generaliza. No importa con quién estemos. La inseguridad ya no depende del otro, sino de lo que se activa dentro.
Mostrarse ya no es espontáneo. Es una decisión calculada.
Y cuando mostrarse no es seguro, lo más lógico es empezar a desaparecer un poco. Hablar menos. Opinar menos. Arriesgar menos. No porque no tengamos nada que decir, sino porque aprendimos que decirlo podía costar demasiado.

sólo estamos pendientes de nuestros síntomas de ansiedad para que los demás no lo noten
ResponderEliminar