--- --- 🔹

COMPARTIR

lunes, 5 de enero de 2026

3

SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Confundir control con protección

Cuando la vigilancia se hace constante, algo empieza a pasar: empezamos a confundir control con protección.

No se trata de querer mandar ni destacar. Se trata de evitar quedar expuestos.


Durante un tiempo me quedaba largas temporadas en casa sin salir. No era desgana. Era una forma de protección frente a esa exposición que tanto pesaba.

Y cuando salía, intentaba que las expectativas no cayeran solo sobre mí.

Si había que decidir un juego, pensaba y decia : 

-- Bueno, siempre decido yo, ahora que lo haga otro. 

No era ceder por generosidad. Era una manera de repartir el peso.

De ese modo, si algo salía mal, si el juego no cumplía las expectativas, las críticas no caerían solo sobre mí.

Aprendí a moverme así. A bajar el perfil. A controlar sin que se notara.

Ese control daba alivio. Me protegía del error, de la mirada ajena, del juicio.

Pero también tenía un precio.

Cada decisión estaba pensada. Cada paso medido. La espontaneidad quedaba fuera.

El control parecía seguridad, pero en realidad estrechaba el espacio donde podía moverme.

Con el tiempo, protegerse así acaba generando más miedo que calma. Porque cuanto más controlas, más frágil se vuelve todo lo que no puedes controlar.

Y la vida ,las relaciones, las personas, nunca se dejan controlar del todo.

sábado, 3 de enero de 2026

2

 --SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Cuando mostrarse dejó de ser seguro

No siempre tuvimos miedo a mostrarnos. Antes hubo un momento ,o muchos pequeños ,en los que hacerlo empezó a doler.

Pronto empezó a ser muy estresante: las niñas esperaban que yo ideara juegos. Sentía mucha responsabilidad y peso. Me sentía muy expuesta, no podía fallar, y yo no era en realidad lo que veían en mí. Nunca nací para ser una líder.

A veces pasaba que nos enfadábamos: el famoso “ya no te ajunto” que decíamos. Se hacían dos grupos: unas apoyaban a la de la discordia y otras a mí. Así estábamos unos días hasta que se nos pasaba. Pero mientras tanto, mi nivel de exigencia subía: tenía que demostrar a mi grupo que había elegido bien.

Muchas veces deseaba no salir de casa y enfrentarme a las niñas. Pero aún podía más mi deseo de divertirme.

Esa experiencia me enseñó algo sin palabras: mostrarse podía doler. Que ser visto y valorado dependía de cumplir expectativas externas. Que cualquier error podía dejarme expuesta.

A partir de ahí empezamos a pensar antes de hablar. A medir qué partes de nosotros sacamos y cuáles escondemos. A suavizar gestos, palabras, emociones. No es cobardía: es adaptación.

Mostrarse deja de ser natural y pasa a ser un riesgo. Un riesgo que se evalúa constantemente:
¿Esto es demasiado? ¿Estoy quedando mal? ¿Se me nota?

Y aunque nadie esté juzgando, el cuerpo actúa como si lo estuviera.

Con el tiempo, esta sensación se generaliza. No importa con quién estemos. La inseguridad ya no depende del otro, sino de lo que se activa dentro.

Mostrarse ya no es espontáneo. Es una decisión calculada.

Y cuando mostrarse no es seguro, lo más lógico es empezar a desaparecer un poco. Hablar menos. Opinar menos. Arriesgar menos. No porque no tengamos nada que decir, sino porque aprendimos que decirlo podía costar demasiado.