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martes, 13 de agosto de 2019

Hablamos nosotros: sobre la libertad con fobia social


En esta ocasión comparto un comentario a una  entrada de  este blog : 

Reflexiones : no puedo imaginar mi vida sin fobia social 

Lo pongo así más a la vista porque me ha parecido muy significativo  y me ha impresionado .


La libertad. Me siento así. Antes de verano, con un amigo que conoce mi problema (y que ni entendía hasta que un familiar suyo empezó a pasar por lo mismo) estábamos hablando, me contaba cosas de su trabajo, de las decisiones que debía tomar a veces, y le pregunte: "Si fueras libre, ¿qué serías, qué harías?". Y sin pensarlo me respondió: "Sería cooperante internacional, llevaría agua a todo el mundo. Es para lo que me he estado preparando toda mi vida." No dudó en responder ni en ninguna de sus palabras. Y me soltó: "¿Y tú? Si fueras libre..." "No lo sé." Mentí. La verdad era y es que si fuera libre me moriría. Es mi elección. De pequeña y de joven nunca me supe imaginar en el futuro, no me veía igual que podía imaginar a los demás. Cuando acabé el bachillerato tuve mis primeros momentos de ansiedad y conciencia de formar parte de la sociedad y todo lo que ello conllevaba. Estudiaba bachillerato pero sabía que nunca iría a la universidad, me gustaba el ambiente pequeño de clases y profes del instituto, lo controlaba, en cambio la universidad me daba pánico, tan grande, esa era la palabra: grande, se escapaba a mi control. Entonces no entendía esos pensamientos y ahora veo clarísimo lo que me ocurría. Lo mas curioso de todo es que al llegar al final del instituto y con esa ansiedad escondida, empecé a ir al psicólogo. No llegamos a nada, supongo que yo no sabía lo que me ocurría y por lo tanto no sabía explicarlo, y ella no supo llevarme, la verdad. Estuve un par de años sin estudiar, haciendo cursillos para disimular, tampoco buscaba trabajo, no era pereza (la pereza! ese gran sentimiento de culpa del fóbico social) era otra cosa. Luego hice un curso superior de asesoría de imagen, dos años, y el último volví a agobiarme: acabar, salir al mundo, buscarme un trabajo, la vida... Al principio lo logré. Por entonces por casualidad me compré un perro, hacía poco que murió el que teníamos en casa y decidí, junto con mi madre y en un acto de inconciencia, tener mi propio perro. Antes de que Murray tuviera un año, ya me habían diagnosticado la fobia social y la agorafobia. Al principio pensé en dar a mi perro a alguien que pudiera darle una vida mejor que la que pudiera darle yo. Al final no sé porque no lo hice. Me mantuvo cuerda, firme, constante, y cuando mis amigos desaparecieron él estuvo ahí, y aunque fuera una vuelta a la manzana, sin bajar de la acera de casa, lo paseaba, me mantuvo estable. En todos estos años fui a psicólogos con los que nunca llegué a abrirme, ni yo supe hacerlo ni ellos llevarme. Al final decidí ir haciendo por mi cuenta. Hoy tengo 34 años, mi vida es absurda, no entiendo que hago aquí, mi perro murió hace menos de un mes y ya no sé que hacer. No entiendo esta enfermedad: nosotros no somos capaces de nada y solo causamos dolor y preocupación a nuestro alrededor, sé que seré una carga porque ya lo soy. No entiendo nada y ya han pasado casi 10 años.

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