SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ
Lo que comenzó como alivio poco a poco dejó de ser solo una estrategia: y a sentirse como una forma de vida.
Evitar salir, hablar, participar… dejó de ser algo puntual. Se convirtió en mi manera de estar en el mundo.
Aprendí otra forma de vida encerrada en mi habitación. Allí leía. Allí escribía. Ambas cosas me encantaban y me llenaban.
Ese espacio era seguro. No había miradas, ni juicios, ni expectativas. No tenía que demostrar nada a nadie.
Pasar tiempo así no se sentía como castigo, sino como refugio. Pero poco a poco fue marcando un límite.
Ya no era solo “me protejo”. Empezó a ser: yo soy así. Reservada. Solitaria. Más cómoda dentro que fuera.
La evitación se fue confundiendo con identidad. No porque no hubiera deseo de vínculo, sino porque el cuerpo había aprendido que fuera dolía más.
Esa forma de vida dejó huella. Reducía el riesgo, sí. Pero también reducía el mundo.
Reconocerlo no es reproche. Es comprensión.
Porque muchas veces no nos encerramos por miedo, sino porque era el único lugar donde podíamos respirar y sentirnos completos.

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