Este impuesto alcanza su tarifa más alta y dolorosa en el terreno de las relaciones personales. Aquí, el peaje se cobra en el valor de mi propia presencia. Vivo con una sospecha constante: que mi sola existencia no es suficiente para que me acepten. Siento que, para ganarme el derecho a ocupar una silla en la cena o un hueco en el grupo ,debo ofrecer siempre un servicio de valor añadido.
El rol de la salvadora de guardia o la bufona cansada
Para compensar ese supuesto "déficit de valor", me especializo en un personaje de utilidad. Me convierto en la terapeuta gratuita que escucha pacientemente los dramas de todos sin revelar jamás los míos, o en la payasa de la mesa que debe mantener la conversación animada a base de chistes y anécdotas. Si me quedo en silencio durante diez minutos, la alarma interna se enciende:
"Estás aburriendo a todos. Eres un peso muerto. La próxima vez no me invitarán."
No hay espacio para estar cansada, triste o simplemente ausente; mi silencio se siente como un impago del alquiler social.
El terror absoluto al favor ajeno
Pedir ayuda es, en mi cabeza, una declaración de insolvencia emocional. Si necesito que alguien me acerque una caja pesada o me recoja en la estación, prefiero pagar a una empresa de transporte o caminar bajo la tormenta antes que activar el temido contador de favores. En mi mente, cualquier favor recibido me deja en números rojos y me obliga a una servidumbre eterna para saldar la deuda. Prefiero arreglármelas sola antes que arriesgarme a que alguien piense que me estoy aprovechando de su generosidad.
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