Hay momentos en los que alguien me habla y no logro procesar lo que dice. Veo que mueve los labios. Asiento. Pero no estoy entendiendo. No es falta de interés. No es despiste.
Mi cabeza está ocupada en otra cosa. En cómo estoy sentada. En si me están mirando. En qué cara tengo. En qué voy a responder después. Mientras tanto, las palabras no entran. O entran y se van.
Eso genera vergüenza. La de tener que pedir que repitan algo. La de asentir sin haber entendido. La de temer que se note. Desde fuera parece desinterés. Desde dentro es saturación.
Cuando el nivel de alerta es alto, el cerebro prioriza sobrevivir. Escuchar pasa a segundo plano. No es mala educación. Es un sistema nervioso desbordado.


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