. . Entender la fobia social : Mi día a día con mi enemigo invisible parte- 2

domingo, 14 de junio de 2026

Mi día a día con mi enemigo invisible parte- 2



Mi día a día con el enemigo invisible (Parte 2)

Hay días en los que el miedo no espera a que salga de casa; se despierta conmigo. El simple gesto de mirar el teléfono por la mañana y ver una llamada perdida de un número desconocido me acelera el pulso. En lugar de devolverla como haría cualquiera, me quedo mirando la pantalla fijamente mientras mi mente empieza a tejer catástrofes. "¿Y si es algo grave? ¿Y si tengo que dar explicaciones sobre algo que hice mal?". Prefiero buscar el número en Google para asegurarme de que es publicidad antes de respirar aliviada. Si resulta ser una llamada importante, pospongo el momento de marcar durante horas, ensayando en voz alta lo que voy a decir para no tartamudear.

Incluso los entornos que deberían ser seguros, como el portal de mi propio edificio, se convierten en zonas de alta tensión. Si escucho pasos en la escalera o el ruido del ascensor , me congelo detrás de la puerta de mi casa. Espero dos o tres minutos en silencio, con la llave en la mano, vigilando por la mirilla hasta que compruebo que el vecino ya se ha ido. Todo para evitar ese viaje de treinta segundos en el ascensor en el que tendré que forzar una conversación sobre el clima, sintiendo que mi postura es rígida y que se me nota la incomodidad en la mirada.

La hipocresía de los "buenos momentos"

Las situaciones supuestamente ociosas, como ir a una tienda de ropa, son un desafío físico. Entro con la firme intención de mirar, pero si se me acerca un dependiente a preguntarme si necesito ayuda, mi cerebro se bloquea. Aunque esté buscando unos pantalones específicos, sonrío con timidez, digo que "solo estoy mirando" y, a los pocos minutos, salgo de la tienda sin comprar nada porque siento que me están observando demasiado. Siento que si paso mucho tiempo examinando una prenda, van a pensar que quiero robarla o que se yo.

Cuando me obligo a asistir a un evento social inevitable, desarrollo lo que yo llamo "la máscara de la normalidad". Me paso la noche asintiendo, riéndome de chistes que apenas he escuchado y sosteniendo una copa con fuerza para que nadie note el leve temblor de mis manos. Por fuera parezco un asistente más, quizás algo callada; por dentro, estoy calculando cuánto tiempo es el mínimo necesario para marcharme sin que parezca una falta de respeto. El alivio que siento al irme es enorme ,es lo más cercano a la libertad que conozco.

La resaca de la interacción

Lo que la gente llama un "plan tranquilo" a mí me deja una resaca emocional que dura días. Al día siguiente de haberme expuesto a un grupo, mi cuerpo está físicamente agotado, como si hubiera corrido un maratón. Me duelen la espalda y los hombros debido a la tensión muscular acumulada por intentar mantener una postura erguida y natural durante horas. Mi mente, cansada de tanto sobreesfuerzo, se vuelve lenta y me cuesta concentrarme en mis tareas más básicas.

A veces me pregunto cómo sería vivir sin este filtro de amenaza constante. Ver a la gente reírse en las terrazas, hablar con desconocidos con total fluidez o defender mis opiniones en público sin que se me quiebre la voz me produce una mezcla de admiración y envidia sana. Sé que el mundo exterior no es un tribunal esperando para condenarme, pero mientras mi cuerpo siga disparando las alarmas de pánico ante una simple mirada, tendré que seguir aprendiendo a caminar junto a este enemigo que no me suelta la mano.

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