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viernes, 2 de junio de 2017

Fobia en la Universidad



Mi experiencia en la Universidad

Creo que en mi caso es importante que hable de mi periodo en la Universidad, como ya os he ido contando: yo era una niña tímida e inhibida, pero sólo necesitaba a mis padres y ellos estaban ahí. En la adolescencia se complicó todo más, empezaba a salir y ya tenía muchas limitaciones.

Pero la época en que peor lo pasé fue la de Universidad (tanto es así, que adquirí una especial "fobia" y jamás he vuelto a por mi título, al ser incapaz de hacerlo ni sola ni acompañada) y la de justo después buscando trabajo. Mi índice de sufrimiento y limitación llega al límite de lo soportable.

Escogí una carrera que no me gustaba especialmente, mi vocación eran los niños y no la seguí, al menos no de forma universitaria. Mi elección la basé en que era una carrera con salida y, sobre todo, en que tres chicas que conocía y trataba del instituto la escogieron, así no iría con gente desconocida.

Para una chica tímida, sensible y a menudo insegura, esta selva y lucha constante costaba mucho de soportar. Yo ofrecía lo que tenía, pensaba que así me lo devolverían de igual manera, pero parecía que las cosas no funcionaban así.

Pese a esta “guerra” (todo era encubierto, cosa que aún llevaba peor porque tenías que hacer como si nada y seguir) seguía la vida universitaria con ellas de una forma más o menos normal.

Dificultades a lo largo de los 4 años

  • Segundo año: nos echaron del edificio en el que estábamos y nos mandaron a un pueblo a unos 30 o 40 km.
  • Tercer año: la que conducía se quedó embarazada por accidente, super joven, y al tiempo me acechaba la reválida.
  • Cuarto año: para aprobar dos asignaturas que me quedaron.

Dos de las tres chicas aprobaron todo. Por suerte me quedé con la que conducía que por su embarazo, ya finalizado, no pudo terminar. Coincidían las asignaturas suspendidas pero ella tenía más y los horarios eran diferentes. Me seguía acechando la reválida.

Primer problema: el autobús y la ansiedad

Como decía, era en una ciudad lejana. Probamos el primer día el autobús concertado, ese primer día nos lo daban gratis como prueba. No era de línea, sino uno específico para nosotros dado el cambio y que prácticamente nos echaron del otro lugar en nuestra contra.

Iba con miedo, porque además de todas las novedades, a mí eso de viajar y estar en un lugar que no controlo, porque no sé volver sola, me causaba y me causa más que ansiedad. Ese día, trascendental e inquietante para mí, me levanté muy temprano, estaba oscuro y me vestí a tientas tanteando los dos pares de zapatos que estaban juntos.

Ya dentro del autobús, cuando no había marcha atrás, me dí cuenta de que me había ido con un zapato de cada. Suerte: que se parecían bastante al ser del mismo color. Desgracia: que uno era de invierno y otro de verano. Se puede uno imaginar cómo pasó el primer día.

Por suerte nadie se dio cuenta. Yo se lo comenté a mis compañeras, que no amigas, como algo gracioso y riéndome para disimular. Era mejor decírselo que que se dieran cuenta ellas, pero mi zozobra fue terrible.

Además, yo notaba esa diferencia con los sentidos; al ser uno de verano y otro de invierno, no hacía falta mirar.

Problema del teléfono y la angustia


Después de ese primer día en bus seguimos yendo en coche. Algunos días no íbamos a clase, por ejemplo cuando la que conducía estaba enferma o no podía. Solo ella tenía el carnet por entonces, y no había buena conexión de transporte público.

Aquí ya surgían dos problemas graves para mí: uno, no toleraba coger ese tren sola, aún hoy en día sigo con ese problema; por suerte, las otras dos también venían dado ese caso. Dos, cuando pasaban estos imprevistos, la que conducía llamaba a una de aviso, ésta llamaba a la otra y así.

TELÉFONO!!!!!! Dios, ¡qué fobia más horrible! Cuánto me costaba llamar, sobre todo en los inicios de curso después de un verano en que no nos veíamos.

Nadie podrá entender nunca esto, a veces ni yo… casi al borde del llanto, porque mi zozobra y angustia eran terribles, y durante días, con rumiaciones y anticipación, y más con ellas que no eran amigas, aunque tuviéramos un trato aceptable, pero que no te ayudaban en nada.

Otra anécdota: un día esta chica no pudo ir y avisó a otra y ésta a la otra, pero nadie me dijo nada a mí. No sé por qué justo a mí. Total que por la mañana muy temprano me levanto como siempre y me voy andando al lugar en el que quedábamos. En mi caso debía andar unos 500 m con subidas y bajadas. Me pongo a esperar y nadie viene, entonces llamo al timbre del portal de la casa de una de ellas, ahí es donde quedábamos, y me dice: - pero si hoy no vamos!!!!! ¡¡¡No me habían avisado!!!!!

Lo que lloré durante días no está escrito. Me sentí muy avergonzada de haber ido, aunque fuera por no saber, muy idiota. Como si la gente pudiera tener el derecho de ignorarme y no tenerme en cuenta. No entendía nada. Hubiera querido no volverlas a ver ni hablar en mi vida, pero tenía que hacerlo porque dependía de ellas.

El apoyo de mi padre

En una ocasión, estudiando para un examen, tuve un ataque de pánico. Estudié muchísimo, mañana, tarde y gran parte de la noche, y el día anterior me quedé en blanco. Se borró todo de golpe. Mi padre me encontró tirada en el suelo (a decir verdad nunca estudié de forma convencional, me tiraba al suelo o sobre la cama y cambiaba mucho de posturas, por ejemplo con los pies apoyados en el techo del ático, o tumbada en la cama de forma transversal y los apuntes en el suelo, etc.) llorando a lágrima viva, histérica y enloquecida, dándome golpes contra la pared.

Mi padre se enfadó, no conmigo, sino con lo que me hacía sufrir, cogió mi libro y lo tiró lejos con rabia y me dijo que saliéramos unas horas para desconectar. Me dio un Valium 5, el primero de mi vida, ¡y ohhhhhhh paz, vaya descubrimiento!

El final de la carrera y la reválida

Y pese a todo, y aunque nadie podrá entenderlo o creer, yo me buscaba la vida, trampeaba, engañaba, disimulaba, evitaba, mentía cuando tenía que evitar, buscaba solucionar mis limitaciones de formas poco ortodoxas, es decir buscando de forma sibilina ayuda de otros sin que se notara o intentándolo (por ejemplo juntándome a según quién por necesidad), viviéndolo sola y tratando de sobrevivir, sin explicar a nadie mis miedos que creía únicos en el mundo.


[Como las islas de mi vídeo. Me dejaban en esa isla, pero en medio estaba el océano y no podía volver]
Todavía no había llegado lo peor, como fueron los años siguientes. Seguí estudiando, retrasando lo inevitable. Hice algunas entrevistas de trabajo e incluso algún trabajito, etc. Aquí fue cuando llegó mi anorexia en su punto álgido, estaba claro que mi mente ya no podía más.

Esos miedos tan irracionales, esas limitaciones, sus graves consecuencias, llantos de miedo y angustia, de no entender, de verme incompetente e impotente… ¿Qué hacer? ¿Cómo salir? Tan sola…

Y por otra parte la insistencia obvia de quienes me rodeaban de que hiciera según qué. Pero yo ya no quería, o no podía, seguir así.

Vivir con miedo constante es horrible… y aunque disimules y te acepten, siempre te ven diferente porque a menudo te delatas. Cuánto desearía que se viera, se supiera, se llegara entender o como mínimo, se aceptara como algo real que existe.

Yo siempre seguiré sintiéndome diferente, aún cuando ahora sé que hay más, muchos, como yo, pero igualmente me veo diferente. Tengo miedo a las relaciones sociales, pero es mucho más; al final, es una angustia permanente por todo. El mundo, la vida… se me hace muy complicada y ya solo salir a la calle es un horror.