La Vergüenza Tóxica: pedir perdón por existir
Desde siempre me he sentido muy pequeñita. No en el sentido físico, sino en la forma de estar en el mundo. Como si viviera en un lugar demasiado grande para mí, demasiado hostil, demasiado rápido. Un mundo que percibo como una selva donde gana el más fuerte, donde quien no empuja es empujado, y donde muchas personas parecen avanzar pisando al otro para destacar ellas.
Para alguien temeroso, esta realidad no solo asusta: aplasta. Todo se vuelve más intenso. Las miradas pesan más. Las voces ocupan demasiado espacio. El mundo parece no estar hecho para quien duda, para quien va con cuidado, para quien siente antes de actuar.
Con el tiempo, ese miedo deja de ser solo miedo y se transforma en otra cosa más profunda: vergüenza. No vergüenza por lo que haces, sino por lo que eres. La sensación constante de que tu mera presencia molesta, interrumpe, sobra. Como si tuvieras que justificar estar ahí.
Ahí aparece la idea de pedir permiso por existir:
• Permiso para hablar.
• Permiso para pasar.
• Permiso para ocupar un poco de espacio sin que nadie se enfade, sin que nadie te haga daño.
He llegado a sentir que pedir perdón es una forma de protección. Como si adelantándome, disculpándome antes de tiempo, pudiera evitar el golpe. Como si decir “perdón” fuera una manera de decir: no quiero problemas, no quiero molestar, no quiero que me hagas daño.
Esto llega a tal punto que un día me escuché pidiendo perdón… a una escalera. Tropecé y, automáticamente, salió de mi boca un “perdón”. Después me reí. Parece absurdo. Casi gracioso. Pero no lo es. Tiene un significado muy profundo: no estaba pidiendo perdón por el tropiezo, estaba pidiendo perdón por estar ahí, por ocupar espacio, por existir incluso frente a un objeto.
La vergüenza tóxica se mete en el cuerpo:
- En la forma de caminar encogida.
• En los hombros hacia dentro.
• En evitar ocupar sitio.
• En intentar ser invisible.
Es el dolor silencioso de sentir que no tienes el mismo derecho a estar en el mundo que los demás. Que tu presencia necesita permiso. Que tu voz necesita justificación. Que tu existencia necesita disculpas.
Esto no nace porque sí. No es debilidad. Es una herida. Una adaptación. Una forma de sobrevivir en un mundo que v demasiado grande, demasiado duro, demasiado peligroso.
Pedir perdón por existir no es educación.
No es amabilidad.
Es miedo aprendido
¿Por qué sentimos que debemos pedir perdón por existir ?
Antes de escribir esta entrada pensaba que era imposible entender por qué me comportaba así y contarlo desde la experiencia, parecía algo que simplemente estaba en mí.
Pero al leer la información psicológica que busqué para poner aquí una explicación al resultado de mi vivencia , me vi reflejada y entendí mi forma de actuar. Os lo explico ahora, desde la comprensión, sin términos psicológicos, que los tiene, ni palabras grandilocuentes, que he leído, sino desde mi descubrimiento . (Para entenderlo tendríais que haber leído mi entrada anterior "La responsabilidad que no me tocaba")
A veces, cuando crecemos en una casa donde el ambiente siempre está a punto de tormenta, nuestro "radar" infantil se vuelve demasiado sensible. Si de niña sentía que mi deber era calmar los ánimos, contener los enfados de los adultos o evitar que el techo cayera sobre mi cabeza, aprendí a convertirme en un pararrayos. Hice ese trabajo por miedo, pero también por una inmensa lealtad y amor: quería proteger a mi familia incluso a costa de mi propia tranquilidad.
Lo que nos pasa a muchas personas que hoy vivimos con fobia social o con una vergüenza que nos encoge, no es que seamos débiles. Es que nuestro cuerpo tiene memoria de supervivencia.
De niños, nuestro único trabajo debería haber sido jugar y aprender. Sin embargo, muchos asumimos el rol de cuidadores emocionales. Sentía que si estaba alerta, si no daba problemas o si anticipába el humor de mis padres, la casa seguiría en pie. Es como intentar sujetar las paredes de una habitación con tus propias manos: terminas agotada, tensa y con un miedo constante a moverte, por si al soltar un momento, todo se derrumba.
De ahí nace el miedo a "estorbar". Cuando sientes que la paz de tu hogar es frágil, aprendes que lo más seguro es ser invisible. Si no te ven, no te preguntan; si no ocupas espacio, no molestas. El problema es que, con los años, esa costumbre de hacerte pequeñita se queda grabada en los huesos. El mundo empieza a parecerte una selva demasiado ruidosa y rápida, y tú sientes que no tienes el mismo derecho que los demás a estar en ella.
Por eso terminamos pidiendo perdón por todo.
Pedir perdón es nuestra forma de decir: "Por favor, no me hagas daño, ya sé que no debería estar aquí". Es una disculpa por adelantado para intentar suavizar un mundo que percibimos como hostil.
¿Y por qué a veces nos afecta más a nosotros que a nuestros hermanos? Porque no todos nacemos con la misma resistencia. Hay quienes nacen con una "piel más fina". La misma lluvia que a uno solo le moja, a otro lo cala hasta los huesos. Mi sensibilidad no es un fallo de fábrica; es que mi antena es más potente y captó corrientes de dolor y tensión que otros simplemente no percibieron.
Lo que hoy llamamos fobia social o "vergüenza tóxica" es, en realidad, una herida de guerra. Mi cuerpo se acostumbró a vivir en guardia para salvar a quienes amaba, y ahora le cuesta entender que ya está a salvo. Que mis padres ya no están, que ya no tengo que contener el aliento cuando oigo una llave en la cerradura y que ya no es mi responsabilidad salvar el mundo.
Hoy toca aprender que no necesito pedir permiso para respirar, ni disculparme por ocupar un lugar en la fila, en una conversación o en la vida. El mundo es tan mío como de cualquiera. Soltar esa carga no es traicionar mi pasado, es finalmente darme el permiso que nadie me dio de niña: el derecho a existir sin tener que pedir perdón por ello.
No hay comentarios:
Publicar un comentario