INTRODUCCIÓN
Hay muchas situaciones incómodas en la vida. Pero pocas tan universalmente humillantes como despedirte de alguien… y darte cuenta de que vais al mismo sitio. Para la mayoría es solo un momento tonto. Para quienes tenemos fobia social, es una especie de cortocircuito mental. Porque ya habías dicho adiós. Ya habías gastado tu energía social. Ya te habías quitado la “cara de persona”. ¿Y ahora qué?
MONÓLOGO
Despedirse... y seguir caminando juntos: el final que nadie pidió
Acaba una conversación. Todo ha salido más o menos bien. Has sido cordial, has sonreído en el momento justo y no has dicho ninguna barbaridad (crees). Así que, con elegancia social, cierras el encuentro:
—Bueno, pues nada, ¡nos vemos!
Os despedís. Un gesto con la mano, una sonrisa de cierre.
Das un paso. Ella también.
Segundo paso. Ella también.
Y ahí lo ves:
vais en la misma dirección.
Terror.
Porque la despedida era el final. El cierre oficial. Pero resulta que la vida ha decidido que no, que hay una escena extra. Y tú no estabas preparada.
Empieza el caos mental:
—¿Tengo que hablar otra vez? ¿Reabrimos conversación? ¿O camino en silencio como si fuéramos dos desconocidas que casualmente coinciden?
El silencio se vuelve denso. Te ríes por compromiso. Ella también. Intentas soltar alguna frase casual tipo:
—Jajaja, qué casualidad, ¿eh?
Pero suena rarísimo. Porque ya habíais hablado antes. ¿Ahora qué más puedes decir?
La caminata se convierte en una coreografía incómoda.
- Tú aceleras un poco para separarte.
- Ella también acelera.
- Tú finges que miras el móvil.
- Ella también.
Al final acabas diciendo algo como:
—Bueno, ahora sí que sí. Me desvío por aquí.
Aunque no te desvías. Pero haces como que sí. Te paras, finges que te interesa una papelera, un escaparate, una grieta en el suelo… Lo que sea para justificar que no estás caminando al lado de una persona con la que ya cerraste el ciclo social hace 15 segundos.
Resumen:
Despedirte de alguien y seguir caminando juntos es como ver los créditos de una película y que de repente empiece otra escena. Pero ya habías apagado el cerebro. Y la cara. Y las ganas.
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