SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ
Si miro atrás, veo un camino hecho de pequeñas experiencias, decisiones y aprendizajes. No fue un golpe único ni un momento aislado. Fue un proceso largo y silencioso que fue dando forma a la fobia social.
Aprendimos a vigilarnos. Aprendimos que mostrarse podía hacer daño. Aprendimos a protegernos confundiendo control con seguridad. Aprendimos a medir cada gesto y cada palabra como si todo fuera un examen. Aprendimos a evitar para poder respirar y, poco a poco, a convertir la evitación en una forma de estar en el mundo.
Con el tiempo, esa evitación dejó de ser solo una estrategia. Se transformó en identidad. En una manera de explicarnos quiénes éramos, qué podíamos esperar de nosotros mismos y hasta dónde era seguro llegar. No porque fuera verdad, sino porque necesitábamos una narrativa que diera sentido a tanta renuncia.
La fobia social no es un rasgo innato. No es un destino. Es una construcción hecha de entorno, experiencias y de las estrategias que inventamos para sobrevivir y protegernos.
Reconocerlo es profundamente liberador. Significa que no estamos defectuosos ni rotos. Que lo que se aprendió se puede revisar, aflojar y, en parte, transformar.
Que detrás del miedo, la vergüenza y el control, sigue estando la persona que siempre hemos sido: sensible, creativa y con una fuerza que muchas veces no supimos ver.
Y quizá, al mirar todo este recorrido con más comprensión, podamos entender algo esencial: la fobia social no nos define. Es lo que se construyó alrededor de nosotros. No lo que somos en esencia.




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