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miércoles, 2 de abril de 2025

Metáfora: El Manual de la Normalidad

 

Introducción personal

Desde que tengo memoria, siempre he tenido la sensación de que los demás poseían un conocimiento del mundo que a mí me faltaba. Como si todos hubieran recibido instrucciones detalladas sobre cómo actuar en sociedad y yo, por alguna razón, no hubiera tenido acceso a ese manual. A veces lo intentaba, observaba, imitaba… pero algo siempre fallaba. 

 Por mucho que me esforzara en encajar, había cosas que simplemente no me salían de manera natural. No entendía del todo ciertas normas no escritas, sentía que mi forma de reaccionar no coincidía con la de los demás y cada interacción me generaba dudas y ansiedad. Con el tiempo, empecé a preguntarme si mi dificultad para encajar significaba que yo no era normal. 

 Desarrollo de la metáfora

Imagina que al nacer, cada persona recibe un libro llamado Manual de la Normalidad. Es un libro especial, porque no necesita ser leído: su contenido se absorbe de manera natural, como si fuera parte del instinto.

 En sus páginas están todas las reglas invisibles que hacen que las interacciones sociales fluyan sin esfuerzo. Explica cosas como cuándo hablar y cuándo callar, cómo mantener una conversación sin que se vuelva incómoda, cuánto espacio dejar entre tú y otra persona, qué tono de voz usar en cada situación.

 Para la mayoría de la gente, este manual es tan familiar que ni siquiera piensan en él. No necesitan consultarlo; simplemente saben qué hacer. Pero algunas personas no reciben su copia. 

 Sin ese manual, todo se vuelve confuso. Es como tratar de participar en un juego sin conocer las reglas, o intentar hablar en un idioma que apenas entiendes. Cada conversación es un desafío, cada interacción requiere un esfuerzo constante. Mientras los demás se comunican con fluidez, tú vas con retraso, analizando cada palabra, preguntándote si lo que dices suena bien o si acabas de cometer un error sin darte cuenta.

 No es solo que falten las instrucciones sobre qué hacer, sino que el manual también incluye normas sobre cómo sentir. Explica, por ejemplo, que es normal disfrutar de los encuentros sociales, sentirse relajado en grupo o tener ganas de salir. Pero si tú no sientes lo mismo, si en lugar de placer sientes ansiedad, si cada salida es agotadora en lugar de estimulante, empiezas a pensar que algo en ti no funciona como debería. 

 Los demás parecen tener una facilidad natural para responder con rapidez, para seguir el ritmo de las conversaciones sin dudar. Pero tú necesitas más tiempo para procesar lo que escuchas, para encontrar las palabras adecuadas, para evitar silencios incómodos. Y cuando finalmente tienes algo que decir, el momento ya ha pasado y el tema ha cambiado. 

 Así, con el tiempo, empiezas a asumir que nunca tuviste acceso al Manual de la Normalidad. O peor aún, que sí lo tuviste, pero por algún motivo no fuiste capaz de entenderlo. 

 Reflexión final

Durante años, creí que mi falta de naturalidad en lo social significaba que estaba defectuosa, que era anormal. Pero con el tiempo entendí que la normalidad es solo un conjunto de expectativas sociales que no todos tienen por qué cumplir de la misma manera.

 Quizá nunca tuve ese manual, o quizá el que me dieron estaba escrito en un idioma diferente. Pero eso no significa que mi forma de ser sea menos válida. La vida no debería reducirse a seguir un libro de reglas invisibles, sino a encontrar nuestra propia manera de existir en el mundo.

martes, 1 de abril de 2025

El barco a la deriva: El miedo al futuro



Introducción personal

 Siempre he sentido que mi vida es como un barco navegando en el océano. Pero no soy la capitan, ni siquiera  tripulación. Solo estoy ahí, en la cubierta, dejándome llevar por quienes saben cómo manejar el timón. 

Metáfora 

 Mi familia, las personas que me apoyan, han sido siempre quienes han mantenido el barco en marcha. Son quienes han trazado la ruta, izado las velas y sorteado las tormentas. Han hecho por mí lo que para otros es cotidiano: desde gestionar trámites hasta realizar una simple llamada de teléfono. Yo solo he estado en cubierta, dejando que el barco avance sin aprender a gobernarlo.

 Pero el miedo aparece cuando pienso en lo que pasará cuando ya no estén. No sé leer las estrellas, no sé cómo sujetar el timón ni qué hacer si el viento cambia de dirección. Sin ellos, mi barco se convierte en una simple tabla flotando a la deriva, perdida en la inmensidad. 

Reflexión 

 Algunas personas hablan de tomar el control de su destino, de aprender a navegar solas. Pero, para mí, ese horizonte solo muestra incertidumbre. No hay soberanía, solo la certeza de que el mar es demasiado grande y yo, demasiado pequeña. 

 Tal vez el destino sea naufragar. O tal vez solo me quede esperar, con la esperanza de que, en la inmensidad del océano, alguien más me encuentre antes de que me hunda del todo.