“SI NO LO DIGO PERFECTO, PENSARÁN QUE SOY TONTA ”
Durante años me costó entender por qué hablar me resultaba tan difícil. No me refiero a dar discursos ni a hablar en público —que también—, sino a cosas mucho más simples. Pedir algo en una tienda. Explicar cómo me siento. Decir lo que pienso cuando alguien me pregunta. Hablar en voz alta, en general. Siempre había algo que me bloqueaba por dentro, como si tuviera que preparar cada palabra antes de soltarla, para que saliera “bien”.
Y cuando no salía como yo esperaba —cuando me trababa, dudaba, me quedaba en blanco o decía algo que no sonaba “inteligente”— me invadía una vergüenza brutal. No una vergüenza por lo que había dicho, sino por cómo lo había dicho. Era como si en mi cabeza se encendiera una voz que decía: “Has fallado. Te has mostrado como eres, y eso no es suficiente.”
Con el tiempo entendí que detrás de esa angustia había una creencia invisible, profundamente instalada:
“Si no lo digo perfecto, pensarán que soy tonta o que no valgo.”
Es una creencia sutil, silenciosa, pero muy destructiva. Porque no se trata solo de tener miedo a equivocarse. Es creer que un solo error —una palabra mal dicha, un tono inseguro, una pausa rara— es suficiente para que los demás te etiqueten como inútil o ridícula. Como si cada frase fuera un examen. Como si las personas estuvieran esperando que fallaras para confirmar que eres menos.
Y lo peor es que, cuando crees eso, empiezas a hablar menos. O a no hablar. O a practicar mentalmente mil veces lo que vas a decir, intentando controlar lo incontrolable. Cada conversación se convierte en una amenaza. Cada silencio, en un posible juicio.
Pero lo cierto es que esa creencia no es real. Es fruto del miedo, del perfeccionismo, del rechazo que una ha sentido muchas veces antes. La mayoría de la gente no espera que hables perfecto. Ni siquiera se fija en cómo dices las cosas. Lo que valoran es que hables con naturalidad. Con autenticidad. Incluso con nervios.
Me ha costado años darme cuenta de que decir algo imperfecto no me hace menos. Y que, de hecho, la perfección no comunica. Lo que conecta es lo humano. Lo tembloroso. Lo verdadero. Y eso, por suerte, no depende de hacerlo perfecto.


No hay comentarios:
Publicar un comentario