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domingo, 1 de febrero de 2026



“SÉ LO QUE LOS DEMÁS PIENSAN DE MÍ 



Introducción

Durante mucho tiempo, he creído que podía adivinar lo que los demás pensaban de mí. Era como si llevara un radar emocional siempre encendido, captando miradas, gestos, silencios… y transformándolos, automáticamente, en pensamientos negativos dirigidos hacia mí. A veces bastaba una risa a lo lejos, una frase que no me incluía, o una mirada fugaz para activar esa creencia.

No necesitaba pruebas: mi mente se encargaba de fabricarlas. Y lo peor es que lo hacía con una seguridad aplastante. “Seguro que piensan que soy rara”, “Se están burlando de mí”, “Creen que no encajo aquí”… Era agotador y, al mismo tiempo, completamente convincente.

Con el tiempo, he empezado a entender que esta creencia no es una certeza, sino una trampa mental. Una que se disfraza de intuición pero que, en realidad, nace del miedo y de la inseguridad.

Explicando la creencia

La creencia de que sabemos lo que piensan los demás de nosotros es muy común en quienes tenemos fobia social. Se basa en una interpretación automática y negativa de los comportamientos ajenos, como si fuéramos capaces de leer la mente de los otros.

Esto genera un estado de hipervigilancia constante, en el que cualquier gesto neutro se convierte en una supuesta prueba de rechazo o de burla. Esta interpretación no se basa en hechos reales, sino en una proyección de nuestros propios temores: creemos que los demás piensan lo mismo que nosotras pensamos de nosotras mismas cuando estamos inseguras.

Además, esta creencia refuerza un ciclo: cuanto más la creemos, más evitamos situaciones sociales, y cuanto más evitamos, menos comprobamos si lo que pensamos es real. Se convierte en una verdad sin contraste.

Cómo me afecta esta creencia

  • Evitar hablar por miedo a decir algo estúpido.
  • Sentirme observada y juzgada en cualquier espacio, incluso cuando nadie me estaba prestando atención.
  • Aislarme para no correr el riesgo de confirmar esos pensamientos negativos.
  • Repetirme mentalmente lo que “seguro” estaban pensando de mí, como si fuera un eco constante.

Esta creencia ha alimentado mi inseguridad y me ha hecho perder oportunidades de conexión con otras personas, al asumir que no querían saber nada de mí.

🔎 Desmontando la creencia: “Sé lo que los demás piensan de mí”

¿Qué pruebas reales tengo de lo que los demás están pensando?
La mayoría de las veces, ninguna. No hay una mirada clara, ni un comentario directo, ni un gesto inequívoco. Solo una interpretación que hace mi mente, basada en el miedo.

¿Estoy leyendo la mente de los demás o estoy proyectando mis propios miedos?
Lo que creo que piensan de mí suele coincidir con lo que yo pienso de mí misma cuando estoy insegura. Si me siento torpe, creo que me ven torpe. Si me siento ridícula, pienso que lo notan. Pero en realidad, todo sale de dentro, no de fuera.

¿Puedo saber con certeza lo que piensan los demás?
No. Ni siquiera las personas más cercanas pueden saber con seguridad lo que otros piensan, a menos que lo digan explícitamente. Y aun así, pueden cambiar de opinión.

¿Hay otras interpretaciones posibles?
Sí. Tal vez esa persona me mira porque le ha llamado la atención mi ropa, porque está distraída o porque simplemente tiene la vista en mi dirección sin estar realmente pensando en mí. Que dos personas hablen entre ellas no significa que yo sea el tema de conversación.

¿Me está ayudando esta creencia o me está limitando?
Esta creencia me lleva a evitar situaciones, a dejar de hablar, a encerrarme. En lugar de protegerme, me hace más pequeña.


Fuentes consultadas:




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LA CULPA EN LA FOBIA SOCIAL. BASES CIENTÍFICAS  


No siempre se habla de ella, pero la culpa aparece con frecuencia en quienes vivimos con fobia social. Y no es una culpa cualquiera. Es una culpa que a menudo no tiene un hecho claro detrás, pero que pesa como si lo tuviera. ¿Por qué está ahí?

Una emoción que se adelanta a los hechos

Las personas con fobia social pueden sentir culpa incluso antes de actuar. Solo imaginar una situación en la que podrían quedar mal, defraudar a alguien o simplemente “no estar a la altura” puede bastar para que aparezca ese malestar difuso que no se disuelve fácilmente. No es solo ansiedad: es anticipación de culpa.

Un estudio del Instituto Karolinska (2013) encontró que quienes tienen ansiedad social experimentan una combinación de culpa y vergüenza internalizadas, que les lleva a retroalimentarse emocionalmente. Es decir, se castigan incluso por pensamientos o suposiciones que nadie más ha confirmado como erróneas o negativas.
🔗 Las diadas de la ansiedad con la vergüenza y la culpa – Mente Abierta Psicología

Una culpa sin juez, pero con condena

No hace falta que nadie nos acuse de nada. A veces, basta con salir a la calle, tener una conversación, o incluso no tenerla, para que se active una sensación de haber fallado: a los demás, al momento, a una versión idealizada de nosotras mismas. Y eso genera más retraimiento.

Hay estudios que relacionan esta culpa con un concepto distorsionado del deber social. La persona con fobia social no solo teme ser juzgada, sino que se exige encajar, agradar, no molestar… y cuando no lo consigue (o cree no haberlo conseguido), se culpa.

¿Qué dicen los datos?

  • Según Mente Abierta Psicología, la culpa puede actuar como disparador de conductas de evitación, reforzando el aislamiento social.
    🔗 Las diadas de la ansiedad con la vergüenza y la culpa
  • Se ha observado en neuroimagen que la culpa activa regiones cerebrales asociadas al dolor físico, lo que podría explicar su intensidad en personas con ansiedad social.
  • En el portal Menteamente, se señala que en la fobia social hay un sentimiento frecuente de “haber fallado” en el rol social esperado, lo que alimenta la autocrítica.
    🔗 Qué es la fobia social – Menteamente

¿Y qué hacemos con todo esto?

La culpa puede ser un lastre, pero también una pista. Nos habla de nuestras exigencias, de nuestras heridas, de lo que nos duele cuando sentimos que no “cumplimos”. Entenderla es un paso. Validarla, otro. No toda culpa merece su condena.

¿Quieres que prepare ahora la imagen para esta entrada? Puedo generarla en cuanto me confirmes el estilo visual que prefieres: simbólica, realista, onírica… Perfecto, Judith. Gracias por la aclaración. Entonces incluyo solo el enlace a esa entrada del blog que hiciste sobre la culpa, como complemento, y dejo claro que esta nueva es una ampliación desde un enfoque más técnico. Aquí tienes el HTML actualizado:

La culpa en la fobia social: más allá de la emoción

No siempre se habla de ella, pero la culpa aparece con frecuencia en quienes vivimos con fobia social. Y no es una culpa cualquiera. Es una culpa que a menudo no tiene un hecho claro detrás, pero que pesa como si lo tuviera. ¿Por qué está ahí?

Una emoción que se adelanta a los hechos

Las personas con fobia social pueden sentir culpa incluso antes de actuar. Solo imaginar una situación en la que podrían quedar mal, defraudar a alguien o simplemente “no estar a la altura” puede bastar para que aparezca ese malestar difuso que no se disuelve fácilmente. No es solo ansiedad: es anticipación de culpa.

Un estudio del Instituto Karolinska (2013) encontró que quienes tienen ansiedad social experimentan una combinación de culpa y vergüenza internalizadas, que les lleva a retroalimentarse emocionalmente. Es decir, se castigan incluso por pensamientos o suposiciones que nadie más ha confirmado como erróneas o negativas.
🔗 Las diadas de la ansiedad con la vergüenza y la culpa – Mente Abierta Psicología

Una culpa sin juez, pero con condena

No hace falta que nadie nos acuse de nada. A veces, basta con salir a la calle, tener una conversación, o incluso no tenerla, para que se active una sensación de haber fallado: a los demás, al momento, a una versión idealizada de nosotras mismas. Y eso genera más retraimiento.

Hay estudios que relacionan esta culpa con un concepto distorsionado del deber social. La persona con fobia social no solo teme ser juzgada, sino que se exige encajar, agradar, no molestar… y cuando no lo consigue (o cree no haberlo conseguido), se culpa.

¿Qué dicen los datos?

  • Según Mente Abierta Psicología, la culpa puede actuar como disparador de conductas de evitación, reforzando el aislamiento social.
    🔗 Las diadas de la ansiedad con la vergüenza y la culpa
  • Se ha observado en neuroimagen que la culpa activa regiones cerebrales asociadas al dolor físico, lo que podría explicar su intensidad en personas con ansiedad social.
  • En el portal Menteamente, se señala que en la fobia social hay un sentimiento frecuente de “haber fallado” en el rol social esperado, lo que alimenta la autocrítica.
    🔗 Qué es la fobia social – Menteamente


¿Y qué hacemos con todo esto?

La culpa puede ser un lastre, pero también una pista. Nos habla de nuestras exigencias, de nuestras heridas, de lo que nos duele cuando sentimos que no “cumplimos”. Entenderla es un paso. Validarla, otro. No toda culpa merece su condena.


Más sobre la culpa en el blog

Este tema ya lo abordé desde un enfoque más emocional en esta entrada anterior:
🔗 La culpa en la fobia social


 

LA FRUSTRACCIÓN EN LA FOBIA SOCIAL : CUANDO NO PUEDES Y TE DUELE NO.PODER  

La frustración es una de esas emociones que muchas veces no se nombra al hablar de fobia social, pero está muy presente. Es ese malestar que surge cuando queremos hacer algo —hablar, salir, participar, estar con otras personas— y no podemos. No porque no queramos de verdad, sino porque hay un bloqueo que no controlamos. Y duele. Mucho.

Como explican en este artículo de La Vanguardia, la frustración aparece cuando una necesidad o un deseo se ve impedido por algo que lo obstaculiza. En la fobia social, ese “algo” puede ser el miedo intenso al juicio ajeno, el temor a equivocarse o incluso el miedo a que noten que estamos nerviosos. Y lo peor es que nosotros mismos somos los que sentimos que nos estamos fallando.

En otro texto, Somos Estupendas señala que la frustración se intensifica cuando sentimos que no tenemos control, y eso nos genera enfado, tristeza o desesperanza. En la fobia social eso ocurre todo el tiempo: queremos actuar de una forma y nos vemos actuando de otra. Queremos decir algo, pero callamos. Queremos salir, pero nos quedamos. Queremos vivir, pero nos escondemos.

La frustración no solo nos hace daño, también nos puede hacer sentir culpables o incluso nos lleva a tirar la toalla. Por eso es tan importante aprender a gestionarla. No desde la exigencia, sino desde la comprensión. En el mismo artículo de Somos Estupendas proponen varias estrategias que pueden ayudar a no quedarse atrapado en ella:

  • Reconocer lo que siento sin juzgarme. Decirme: “Estoy frustrada porque me gustaría hacer esto y no puedo ahora mismo”
  • Validar esa emoción. No soy débil por frustrarme. Es normal sentirlo en situaciones que se repiten una y otra vez.
  • Cuidar lo que me digo. Evitar frases como “debería poder” o “es que soy tonta” y cambiarlas por otras más amables: “estoy haciendo lo que puedo con lo que tengo”.
  • Buscar pequeñas alternativas. Si no puedo hablar en un grupo, quizás sí puedo escribir a una persona. Si no puedo salir hoy, puedo pensar en algo que me motive para intentarlo mañana.
  • Recordar que no estoy sola. Muchas personas con fobia social sienten esto. Compartirlo, como lo hago aquí, también alivia.

La frustración no desaparece del todo, pero entenderla, sentirla y no pelearse con ella la hace menos pesada. No es un fallo, es una reacción. Y si está ahí, es porque me importa.

Fuentes que respaldan esta idea:

  • Leary & Baumeister (2000): La teoría del sociómetro. Muestran cómo la autoaceptación real está directamente relacionada con la percepción de aceptación externa.



SENTIRSE MENOS , SENTIRSE FUERA:
INFERIORIDAD E INADECUACIÓN




Sentirse menos, sentirse fuera: inferioridad e inadecuación

Muchas personas con fobia social no solo luchan con la ansiedad, sino con una sensación profunda de no encajar. No es necesariamente que se vean inferiores, sino que sienten que no encajan. Como si existiera un molde invisible al que no se ajustan. Como si se hubieran colado en una obra de teatro donde ya están todos los personajes asignados, y no les tocara ningún papel. A falta de encaje, aparece la autocrítica, la comparación constante, el deseo de esconderse.

Con el tiempo, algunas personas logran distinguir dos experiencias distintas que muchas veces se confunden: el sentimiento de inferioridad y el de inadecuación. A primera vista parecen lo mismo, pero no lo son.

El sentimiento de inferioridad tiene que ver con creer que una vale menos: menos capaz, menos válida, menos digna. La inadecuación, en cambio, es sentir que, aunque se tenga valor, no se es lo que se espera. Que se desentona. Que no se ocupa el lugar “correcto”.

Ambos sentimientos pueden convivir, pero diferenciarlos puede ser un primer paso para empezar a entender lo que realmente se está sintiendo.

El sentimiento de inferioridad

La teoría de la comparación social de Festinger explica que las personas tendemos a evaluarnos comparándonos con otros. En quienes tienen fobia social, esas comparaciones suelen ser ascendentes: con personas que se perciben como mejores, más seguras, más válidas. Eso alimenta una inseguridad que no es puntual, sino constante. Un filtro que distorsiona cualquier gesto, palabra o silencio.

En algunos casos, esta vivencia se parece mucho al llamado complejo de inferioridad descrito por Adler: una sensación persistente de ser insuficientes que suele tener origen en la infancia, por experiencias de sobreprotección, crítica o falta de validación. Entenderlo así puede aliviar el peso de la culpa personal: no es un fallo de carácter, sino un patrón aprendido.
📖 Complejo de inferioridad - IEPP

Otros enfoques también ayudan a comprender esta vivencia. La teoría de la discrepancia del yo, de Higgins, sostiene que cuando sentimos que nuestro yo real está muy lejos de lo que creemos que deberíamos ser, aparecen emociones como la ansiedad, la vergüenza o el abatimiento.
📖 Teoría del yo - Psicoactiva

También la teoría del rango social, de Gilbert, aporta una perspectiva útil: cuando alguien se percibe como inferior en la jerarquía social, tiende a replegarse, a mostrarse sumiso o evitar ser visto. Esa sensación de "baja posición" social se vive como un hecho, no como una suposición.
📖 Rango social - La Mente es Maravillosa

El sentimiento de inadecuación

Sentirse inadecuada no es creer que se vale menos, sino que se es inadecuada para el contexto. Que no se encaja. Que se está fuera de lugar. A veces hay capacidades, sensibilidad, compromiso… pero no las que se supone que se deben tener. Como si se fuera una pieza equivocada en el puzle.

La teoría del esquema del yo, de Markus, puede ayudar a comprender cómo se construye ese sentimiento: si desde pequeñas se interiorizan mensajes de que no se encaja, que no se es “normal”, eso se convierte en parte del autoconcepto.
📖 Esquema del yo - La Mente es Maravillosa

En muchas personas con fobia social, esa inadecuación se vive como si una misma fuera el problema antes incluso de actuar. No hace falta cometer un fallo para sentir vergüenza: el simple hecho de estar presente ya activa la sensación de que algo no está bien.

La diferencia entre ambos sentimientos puede parecer sutil, pero es clave: la inferioridad hace pensar que una es menos. La inadecuación, que una no es lo que debería. Y esas diferencias impactan de forma distinta en la forma de relacionarse, de hablar, de mirar y de estar en el mundo.

Reflexión final

Ponerle nombre a lo que se siente no es un ejercicio intelectual, sino una forma de entenderse mejor por dentro  . Muchas personas se sienten inadecuadas o inferiores sin saberlo, solo sintiendo un malestar difuso y una inseguridad que parece no tener origen.

Hablar de ello, escribirlo o simplemente pensarlo con claridad puede ser un acto de rebeldía. Una forma de desafiar esas ideas que dicen que no valemos, que no pegamos, que no tenemos derecho a estar aquí.

No hace falta ser extraordinaria para merecer un lugar. No hace falta encajar para existir.
📌 Metáfora: La pieza que no encaja


El ciclo emocional en la fobia social

La fobia social nos envuelve en un ciclo de emociones que se van encadenando y retroalimentando.

  1. La vergüenza surge al sentir que no cumplimos con las expectativas sociales.
  2. De ahí nace la culpa, que nos responsabiliza de nuestra “falla”.
  3. La culpa provoca tristeza e incomodidad, que minan nuestro ánimo.
  4. La tristeza genera inseguridad y autoexigencia, intentando evitar el malestar.
  5. Esta inseguridad alimenta el sentimiento de inferioridad e inadecuación.
  6. Aparece el miedo, anticipando rechazo o fracaso.
  7. El miedo provoca ansiedad, activando cuerpo y mente.
  8. Cuando la ansiedad baja, llega un breve alivio.
  9. Pero el alivio puede dar paso a la desesperanza, que cuestiona si vale la pena seguir luchando.


Además, estas emociones se conectan de formas complejas:


  • La vergüenza también influye directamente en la inseguridad y la sensación de inferioridad.
  • La culpa intensifica la tristeza y el miedo.
  • La ansiedad y la tristeza se retroalimentan, manteniendo el ciclo activo.
  • El alivio es temporal y su contraste con la desesperanza puede hacer que esta última se sienta aún más profunda.

Reconocer este ciclo y sus conexiones es clave para entender la fobia social y comenzar a buscar caminos para romperlo.


Otras emociones relacionadas

Esta entrada forma parte de una serie sobre los sentimientos que acompañan a la fobia social. Puedes explorar cada uno según cómo se conectan entre sí:






EL ALIVIO EN LA FOBIA SOCIAL: UNA EMOCIÓN PARADÓJICA 



Introducción personal

En ocasiones, tras evitar una situación social temida, siento una oleada de alivio. Es como si me liberara de una carga insoportable. Ese momento en que te has librado de algo que te hacía daño, aunque en el fondo sepas que solo es un alivio temporal… y que volverá.

Durante un tiempo me siento a salvo. Pero no libre. Porque sé que no lo he enfrentado, solo me he apartado. Y esa seguridad que parece llegar, tiene un precio que se paga después.

El alivio como desconexión: una mirada desde la experiencia

He leído que, desde la perspectiva fenomenológica, el alivio que sentimos al evitar una situación social no es solo descanso. Es también una forma de alejarnos de lo que vivimos, de cortar el vínculo con lo que podríamos llegar a experimentar si estuviésemos presentes de verdad. Como si nos desconectáramos del mundo, de nuestro cuerpo, del momento.

Se dice que este enfoque trata de comprender cómo se vive la ansiedad desde dentro, no solo cómo se diagnostica. Lo que se siente en el cuerpo, el espacio que se percibe como hostil, el tiempo que parece detenerse o acelerarse cuando estamos en tensión.

“El enfoque fenomenológico busca comprender cómo se vive subjetivamente la ansiedad, más allá del diagnóstico, conectando con el cuerpo, el tiempo y el espacio percibidos por la persona.”

Ansiedad desde la perspectiva humanista existencial (PDF)

Esa desconexión yo la he sentido muchas veces. Como si al evitar, me apagara por dentro un poco más.

El alivio como evasión: una mirada existencial

Desde la psicología existencial-humanista, también se habla del alivio como algo que puede tener trampa. Porque sí, nos quita el malestar inmediato. Pero también puede ser una forma de escapar de nosotras mismas, de no asumir quiénes somos ni cómo queremos vivir.

Evitar puede ser, sin darnos cuenta, evitar también tomar decisiones. Y al final, se convierte en una forma de no estar en el mundo con autenticidad, como si nos escondiéramos incluso de nuestra propia vida.

“La terapia existencial-humanista se centra en la autenticidad, el sentido vital y la responsabilidad personal. No se trata solo de reducir síntomas, sino de acompañar a la persona en su forma única de estar en el mundo.”

Terapia humanista-existencial y ansiedad social (Conquer Social Anxiety)

Es fuerte pensar que ese alivio tan necesario también puede alejarnos de la posibilidad de construir algo más real.

Reflexión final

El alivio que se experimenta al evitar situaciones sociales puede ser engañoso. Aunque proporciona una sensación inmediata de bienestar, a largo plazo refuerza la evitación y mantiene la ansiedad. Reconocer esta dinámica ,ver el ciclo, es el primer paso para empezar a romperlo. Y, quizás, ir acercándonos a una forma más auténtica y libre de estar en el mundo.

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martes, 27 de enero de 2026

Gestos y movimientos

.Patrones que se repiten sin que nadie lo note


Patrones de gestos y movimientos

Hay movimientos que repetimos sin darnos cuenta. Tocarse el cuello cuando algo incomoda, cruzar los brazos en medio de una conversación, mover el pie cuando la espera se hace larga, morderse el labio, frotarse la frente. Cada uno de esos gestos tiene una historia: una forma de protegerse, de ocupar espacio o de liberar tensión.

A veces los aprendemos observando a otros; otras, nacen de la costumbre. Lo curioso es que los repetimos incluso cuando ya no los necesitamos. Es como si el cuerpo siguiera hablando un idioma que la mente dejó de usar.

Si observas con atención en una cafetería, en una reunión o en el transporte, lo notarás enseguida: manos que buscan algo que sostener, miradas que se apartan, posturas que se cierran o se abren según quién esté delante, pequeños movimientos de inquietud como tamborilear con los dedos o balancear el pie. No hay guion, pero sí un patrón.

Y ese patrón dice más de lo que creemos. Habla de cómo gestionamos la presencia del otro, de qué espacio nos permitimos ocupar o evitar. Cuando uno empieza a reconocerlo, no lo ve solo en los demás, sino también en sí mismo. Y ahí es donde empieza lo interesante: cuando descubres que ese gesto que repites sin pensar lleva tiempo diciendo algo que nunca dijiste en voz alta.

En la fobia social, estos patrones se notan especialmente: las personas tienden a repetir gestos automáticos para manejar la ansiedad: tocarse el pelo o el cuello, cruzar los brazos, evitar el contacto visual, mantener las manos ocupadas con objetos como un vaso o un bolso, frotarse la frente o morderse los labios. Son conductas que buscan protegerse, encajar o no destacar, incluso cuando no son necesarias. Observarlas ayuda a comprender cómo la ansiedad se manifiesta también a través del cuerpo

PRÓXIMA ENTRADA
La forma en que la gente escucha (o parece que escucha)
Patrones en la atención y la escucha social
 FUENTES 
Emociones reveladas – Paul Ekman

Libro clásico sobre cómo las emociones se expresan a través de microgestos, postura y movimientos automáticos. Explica cómo el cuerpo revela estados internos antes de que la mente los procese.

Michael Argyle – La comunicación corporal

Resumen accesible del trabajo de Argyle, uno de los referentes en comunicación no verbal. Explica cómo la postura, la distancia, los gestos y las expresiones transmiten información sin palabras.

Lenguaje corporal: gestos, postura y proxémica en la comunicación

Explica cómo los gestos automáticos, la postura defensiva y la gestión del espacio reflejan emociones, tensión y necesidades de protección.

La ansiedad social puede dificultar imitar el lenguaje corporal

Estudio que muestra que quienes tienen ansiedad social tienden a gestos defensivos, menos apertura corporal y dificultades para ajustar su lenguaje no verbal al de otros.

El lenguaje corporal: gestos y señales no verbales en la interacción

Documento completo sobre los principales tipos de gestos: auto-contacto, inquietud, postura, mirada y microexpresiones. Útil para comprender las señales que aparecen de forma automática.

Movimientos automáticos y malestar psicológico: análisis de microgestos

Estudio reciente que analiza fidgeting, tocarse la cara, movimientos repetitivos y otros gestos involuntarios, vinculándolos con estrés, ansiedad y estados emocionales intensos.

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martes, 13 de enero de 2026


📌 2026: Informe sobre Entender la Fobia Social

Cuando empecé este blog tímidamente, no pensaba que tendría tanta repercusión ni que llegaría a cumplir todos los objetivos que me propuse. Durante años escribí sin analizaruj datos ni medir impacto.

Ha sido ahora, a inicios de 2026, cuando he revisado el recorrido completo del blog y he investigado su alcance en profundidad, utilizando distintas herramientas y varias IA para contrastar resultados. También he cogido datos de Search Console de Google que analiza el tráfico y comportamiento de mi blog.

Tras este análisis, puedo decirlo con claridad: he cumplido con creces los objetivos que me propuse al crear este espacio.

Este blog ha logrado exactamente lo que buscaba: que las personas con fobia social se identifiquen, se sientan menos solas, encuentren comprensión e información real, y que profesionales y estudiantes aprendan desde la experiencia vivida, no solo desde los manuales.


🌎 Alcance global y posicionamiento real en Google

Importante: al buscar únicamente el término genérico “fobia social”, el blog no aparece en primeras posiciones, ya que Google prioriza grandes portales médicos, Wikipedia y webs institucionales.

Pero donde sí aparece Entender la Fobia Social y destaca de forma clara y verificable es en búsquedas como:

  • “Entender la fobia social”
  • “blog personal sobre fobia social”

En estos casos, el blog aparece consistentemente en primeras posiciones tanto en España como en Latinoamérica.

“Para Google tu blog no tiene fronteras. Eres la referencia en español porque, aunque la cultura cambie, el miedo es el mismo en Madrid que en Buenos Aires.”

🌍 Alcance internacional

Aproximadamente el 40 % del tráfico del blog procede de Latinoamérica, confirmando que no es un recurso local, sino de referencia en todo el mundo hispanohablante

🎓 Impacto en el Ámbito Académico

El blog Entender la Fobia Social ha sido utilizado como recurso complementario en distintos contextos académicos y educativos, especialmente en estudios relacionados con la ansiedad social, la psicología narrativa y la experiencia vivida del trastorno. Esto permite que estudiantes, docentes y profesionales comprendan la fobia y desde la experiencia real, complementando los manuales clínicos tradicionales.


INJUVE – Instituto de la Juventud de España y visibilidad en Dialnet

El Instituto de la Juventud de España (INJUVE), organismo público estatal, ha incluido contenido del blog “Mi vida con fobia social” en uno de sus  apartados "Los trastornos de ansiedad desde la visión de los afectados,' de su informe público sobre

Beneficios de los Grupos de Ayuda Mutua para avanzar en la promoción e intervención en los trastornos de ansiedad

 (Revista de Estudios de Juventud nº 121, 2019),reconociendo el valor del blog Entender la Fobia Social como recurso de apoyo y orientación para jóvenes con ansiedad social.


El informe  está disponible públicamente en Dialnet: 

🔗 Informe de INJUVE en Dialnet aquí resumen completo en enlace injube 

Dialnet es un portal bibliográfico académico español que recopila artículos, revistas y documentos universitarios. Su importancia radica en que los documentos indexados en Dialnet son verificables públicamente y reconocidos por universidades y bibliotecas, lo que confirma la credibilidad y el uso académico de los recursos citados, como el blog Entender la Fobia Social.

Se conservan capturas verificables del artículo en Dialnet como evidencia adicional del uso académico del blog.

CORE – COnnecting Repositories y repositorios académicos

El blog también aparece citado como recurso complementario en documentos académicos indexados por CORE (COnnecting Repositories), un agregador internacional de repositorios académicos. El documento verificable en CORE se puede consultar aquí:Ver referencia en CORE 

https://core.ac.uk/display/XXXXX/b>

Qué es un repositorio

Un repositorio académico es una plataforma digital donde se depositan documentos universitarios y de investigación, como:

  • Trabajos Fin de Grado (TFG) y Fin de Máster (TFM)
  • Artículos de investigación
  • Informes institucionales o educativos

Los repositorios permiten guardar, organizar y dar acceso público a estos documentos, asegurando que la producción académica sea consultable por estudiantes, docentes e investigadores.

Qué hace CORE

CORE centraliza documentos de múltiples repositorios, permitiendo:

  • Buscar y acceder a trabajos universitarios desde una plataforma central
  • Dar visibilidad internacional a documentos que originalmente se encuentran en repositorios individuales
  • Identificar referencias de recursos académicos y educativos

En documentos indexados por CORE, el blog Entender la Fobia Social aparece citado como recurso de apoyo y referencia experiencial. La autora conserva capturas verificables que documentan estas menciones, demostrando la circulación del blog en contextos académicos.


Evidencia adicional: Google Académico

Búsquedas en Google Académico muestran que el blog ha sido detectado en documentos académicos, confirmando que el contenido circula en el ámbito universitario

  • Esta evidencia se conserva mediante captura de pantalla, que respalda el uso del blog como recurso referenciado, aunque no pueda considerarse un enlace público directo.

  • Sirve como apoyo visual interno, reforzando la presencia académica del blog junto a INJUVE y CORE.

El blog Entender la fobia social sigue destacándose en el ámbito académico: la entrada “Esto es vivir con fobia social: Mi vida con ella” aparece indexada en Google Académico como documento independiente, 

Esto es vivir con fobia social: Mi vida con ella

Que esta entrada aparezca de forma independiente en Google Académico indica que ha sido indexada como un documento con entidad propia, y no solo como parte de la bibliografía de otros trabajos. Este tipo de indexación es poco habitual en blogs personales y suele producirse cuando el contenido presenta un valor informativo relevante para el ámbito académico.


Conclusión del Impacto Académico

El blog Entender la Fobia Social tiene un impacto verificable en la educación y la investigación, gracias a:

  • Menciones en informes oficiales públicos (INJUVE)
  • Indexación en CORE, que agrupa referencias académicas de repositorios internacionales
  • Evidencia de circulación en Google Académico

Esto confirma que el blog es utilizado como recurso educativo y de experiencia vivida, complementando la enseñanza académica y la investigación en psicología de la ansiedad social.



🤝 AMTAES

El blog ha sido mencionado en la web de AMTAES (Asociación de Ayuda Mutua contra Fobia Social y Trastornos de Ansiedad) como recurso de interés: Enlaces de interés AMTAES

Además, en la entrada de su blog sobre este tema, la autora habla directamente del proyecto: AMTAES

La autora es socia de AMTAES y participa activamente en la difusión y apoyo de personas con fobia social.


📰 Presencia en medios de comunicación


🌟 Conclusión

El blog no es solo mío. Cada comentario, cada experiencia compartida y cada persona que llega aquí buscando entender lo que le ocurre forma parte de un archivo colectivo de vivencias reales sobre la fobia social. Gracias a quienes leen, comentan y comparten.

El proyecto continúa...

lunes, 12 de enero de 2026

6 evitación-identidad

SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Cuando la evitación se hace identidad

Lo que comenzó como alivio poco a poco dejó de ser solo una estrategia: y a sentirse como una forma de vida.

Evitar salir, hablar, participar… dejó de ser algo puntual. Se convirtió en mi manera de estar en el mundo.

Aprendí otra forma de vida encerrada en mi habitación. Allí leía. Allí escribía. Ambas cosas me encantaban y me llenaban.

Ese espacio era seguro. No había miradas, ni juicios, ni expectativas. No tenía que demostrar nada a nadie.

Pasar tiempo así no se sentía como castigo, sino como refugio. Pero poco a poco fue marcando un límite.

Ya no era solo “me protejo”. Empezó a ser: yo soy así. Reservada. Solitaria. Más cómoda dentro que fuera.

La evitación se fue confundiendo con identidad. No porque no hubiera deseo de vínculo, sino porque el cuerpo había aprendido que fuera dolía más.

Esa forma de vida dejó huella. Reducía el riesgo, sí. Pero también reducía el mundo.

Reconocerlo no es reproche. Es comprensión.

Porque muchas veces no nos encerramos por miedo, sino porque era el único lugar donde podíamos respirar y sentirnos completos.

sábado, 10 de enero de 2026

5evitacion

SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Evitar para poder respirar

Después de tanta vigilancia y tensión, encontré una forma de alivio: evitar.

Pasar días o semanas sin salir de casa era un respiro. Un momento en el que no había miradas ajenas, ni juicio, ni riesgo de equivocarme. Solo podía ser yo, sin tener que demostrar nada ni cumplir expectativas.

Salir volvía a ser un desafío, así que esos períodos de aislamiento eran necesarios. Me daban aire, espacio y tiempo para recuperar fuerzas.

Evitar no resolvía nada de fondo, pero daba un alivio real y necesario. Era mi forma de respirar, aunque fuera solo un rato, mientras aprendía a convivir con la tensión de estar en el mundo.

miércoles, 7 de enero de 2026

4 Relacionarse como si fuera un examen



SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Relacionarse como si fuera un examen

A medida que la vigilancia y el control se hacen constantes, las relaciones dejan de sentirse naturales. Dejan de ser encuentros para convertirse en pruebas.

Cada conversación, cada gesto, cada risa o silencio se percibe como una evaluación:
“¿Estoy diciendo lo correcto?” “¿Me verán raro?” “¿Estoy a la altura?”

Es como estar constantemente frente a un tribunal invisible. No importa quién esté delante: familiares, amigos, compañeros. El juicio anticipado ya está dentro de nosotros.

Se aprende a preparar cada interacción:

  • medir lo que se dice
  • medir cómo se dice
  • anticipar reacciones
  • evitar errores

Al principio parece lógico, incluso útil. Evita conflictos, evita vergüenzas. Pero con el tiempo se vuelve agotador.

Estar con otros deja de ser disfrute y pasa a ser rendimiento. No importa lo que sintamos: lo que importa es no fallar. Y cuanto más tratamos de no fallar, más nos sentimos atrapados.

En mi caso, yo siempre estaba en el objeto de evaluación, de referencia. Aún con mi control y bajando el nivel, seguía siendo la mayor, y eso tenía su peso propio.
Cuando nos alejábamos del barrio, las madres dejaban ir a las niñas solo si iba yo. Eso me ponía aún más en su punto de mira… y a veces hasta provocaba admiración.


Pero, al mismo tiempo, me alejaba de mi objetivo: no ser evaluada. Porque cualquier fallo, por pequeño que fuera, se veía más que el de cualquiera. Cada error mío destacaba, cada gesto quedaba expuesto, y eso pesaba más que cualquier juego o interacción.

¿Alguna vez has sentido que tus relaciones son un examen que no puedes suspender?” o “¿En qué momento dejaste de disfrutar para empezar a rendir?


lunes, 5 de enero de 2026

3 Confundir control con protección

SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Confundir control con protección

Cuando la vigilancia se hace constante, algo empieza a pasar: empezamos a confundir control con protección.

No se trata de querer mandar ni destacar. Se trata de evitar quedar expuestos.


Durante un tiempo me quedaba largas temporadas en casa sin salir. No era desgana. Era una forma de protección frente a esa exposición que tanto pesaba.

Y cuando salía, intentaba que las expectativas no cayeran solo sobre mí.

Si había que decidir un juego, pensaba y decia : 

-- Bueno, siempre decido yo, ahora que lo haga otro. 

No era ceder por generosidad. Era una manera de repartir el peso.

De ese modo, si algo salía mal, si el juego no cumplía las expectativas, las críticas no caerían solo sobre mí.

Aprendí a moverme así. A bajar el perfil. A controlar sin que se notara.

Ese control daba alivio. Me protegía del error, de la mirada ajena, del juicio.

Pero también tenía un precio.

Cada decisión estaba pensada. Cada paso medido. La espontaneidad quedaba fuera.

El control parecía seguridad, pero en realidad estrechaba el espacio donde podía moverme.

Con el tiempo, protegerse así acaba generando más miedo que calma. Porque cuanto más controlas, más frágil se vuelve todo lo que no puedes controlar.

Y la vida ,las relaciones, las personas, nunca se dejan controlar del todo.

sábado, 3 de enero de 2026

2 Cuando mostrarse dejó de ser seguro

 --SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Cuando mostrarse dejó de ser seguro

No siempre tuvimos miedo a mostrarnos. Antes hubo un momento ,o muchos pequeños ,en los que hacerlo empezó a doler.

Pronto empezó a ser muy estresante: las niñas esperaban que yo ideara juegos. Sentía mucha responsabilidad y peso. Me sentía muy expuesta, no podía fallar, y yo no era en realidad lo que veían en mí. Nunca nací para ser una líder.

A veces pasaba que nos enfadábamos: el famoso “ya no te ajunto” que decíamos. Se hacían dos grupos: unas apoyaban a la de la discordia y otras a mí. Así estábamos unos días hasta que se nos pasaba. Pero mientras tanto, mi nivel de exigencia subía: tenía que demostrar a mi grupo que había elegido bien.

Muchas veces deseaba no salir de casa y enfrentarme a las niñas. Pero aún podía más mi deseo de divertirme.

Esa experiencia me enseñó algo sin palabras: mostrarse podía doler. Que ser visto y valorado dependía de cumplir expectativas externas. Que cualquier error podía dejarme expuesta.

A partir de ahí empezamos a pensar antes de hablar. A medir qué partes de nosotros sacamos y cuáles escondemos. A suavizar gestos, palabras, emociones. No es cobardía: es adaptación.

Mostrarse deja de ser natural y pasa a ser un riesgo. Un riesgo que se evalúa constantemente:
¿Esto es demasiado? ¿Estoy quedando mal? ¿Se me nota?

Y aunque nadie esté juzgando, el cuerpo actúa como si lo estuviera.

Con el tiempo, esta sensación se generaliza. No importa con quién estemos. La inseguridad ya no depende del otro, sino de lo que se activa dentro.

Mostrarse ya no es espontáneo. Es una decisión calculada.

Y cuando mostrarse no es seguro, lo más lógico es empezar a desaparecer un poco. Hablar menos. Opinar menos. Arriesgar menos. No porque no tengamos nada que decir, sino porque aprendimos que decirlo podía costar demasiado.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

1 Aprender a vigilarse

SECCIÓN: CÓMO APRENDIMOS A SER ASÍ


Aprender a vigilarse

No siempre hubo miedo a los demás. Antes hubo atención.
Una atención que poco a poco dejó de estar fuera y empezó a volverse hacia dentro.

En algún momento empezamos a observarnos mientras hablábamos. A medir cómo sonaba nuestra voz. A corregir gestos, palabras, silencios.
No era algo consciente. No pensábamos “me estoy vigilando”. Simplemente ocurría.

La conversación dejó de ser un intercambio y pasó a ser una tarea.
Mientras otros hablaban, una parte de nosotros estaba ocupada en comprobar si estábamos haciéndolo bien. Si habíamos dicho demasiado. Si habíamos dicho algo raro. Si se notaba el nerviosismo.

Esta vigilancia no apareció porque sí. Fue una forma de protegerse.

Cuando tuve edad ,o valor, para salir sola a la calle y jugar con las niñas del barrio, yo era la mayor con diferencia. Si yo tenía once o doce años, ellas tendrían ocho o nueve.

Solo por eso ya me sentía fuera de lugar. Un poco ridícula jugando al escondite o a pillar con niñas más pequeñas. Aun así, lo pasaba bien y seguía quedando con ellas.

Muchas veces era yo quien ideaba los juegos. Concursos de canciones, pequeñas obras de teatro. Nos dividíamos en grupos, nos íbamos a ensayar y luego lo mostrábamos.

Siempre ganaba mi grupo. Yo era más sabia, más ingeniosa. Y ese pequeño estatus era importante para mí.

Mantener el interés de las niñas me generaba tensión. Sentía que tenía que sostener ese papel.

Si alguna se salía del molde que yo tenía , si decía algo que me dejaba en evidencia, lo pasaba muy mal.

No solo por el comentario en sí. También por la vergüenza de estar allí, con niñas más pequeñas, que me hacian sentir   humillada  

Ahí aprendí algo sin ponerle palabras: que estar con otros implicaba no perder el sitio, no quedar expuesta, no bajar de nivel.

El problema es que vigilarse cansa. Y cuanto más nos vigilamos, menos presentes estamos.

No escuchamos del todo. No respondemos desde lo que sentimos, sino desde lo que creemos que es adecuado. La espontaneidad se va reduciendo.

Con el tiempo, esta vigilancia constante genera una sensación extraña: estar con otros, pero no estar del todo.

El cuerpo tenso. La mente acelerada. Y la sensación de que relacionarse requiere un esfuerzo enorme.

Muchas personas con fobia social no tienen miedo a los demás. Tienen miedo a fallar mientras están con los demás.

Y esa vigilancia, que un día ayudó a protegernos, acaba convirtiéndose en una prisión invisible.

jueves, 11 de diciembre de 2025



SECCIÓN LO QIE NO  SABEMOS DE NOSOTROS



Rechazo al aplauso

Desde fuera, puede parecer que soy humilde o modesta. Cuando me elogian, tiendo a minimizarlo, a decir que “no fue nada” o a desviar la atención rápidamente. Pero esa reacción no siempre es humildad. A veces es una estrategia defensiva, una manera de alejar el foco de atención.

El elogio me asusta porque siento que sube demasiado el nivel de lo que se espera de mí, y me obliga a hacerlo igual o mejor la próxima vez o peor aún: temo que me estén valorando por algo que realmente no merezco. Al rechazar el aplauso, no solo minimizo mi esfuerzo, sino que también rechazo la conexión que la otra persona intenta ofrecerme. Me mantengo en esa vigilancia constante de lo que debería ser, negándome el permiso de celebrar mis propios logros.

Es el eco del síndrome del impostor, que nos susurra que el elogio es un error de juicio del otro.

Pero hay un lado que casi nadie ve: esa resistencia al elogio no es un defecto; es una profunda búsqueda de integridad y autenticidad. Es la necesidad de que mi valor no dependa de las palabras ajenas, sino de la verdad de mi esfuerzo. Tememos que el elogio ponga el foco en la apariencia, no en la persona real. Y eso refleja un deseo genuino de ser honesto y de valorar el proceso silencioso más que el resultado visible.

El miedo al elogio, entonces, se convierte en una manifestación incómoda de valores muy poderosos.

Integridad y autenticidad: lo que hacemos refleja quiénes somos, no solo la imagen que otros perciben.

Valoración del esfuerzo sobre el resultado: priorizar el proceso y la mejora interna por encima de la aprobación externa.

Comprender esto lo cambia todo:

El rechazo al aplauso deja de ser solo una dificultad social. Se convierte en un signo de madurez, de compromiso con la verdad y de cuidado de uno mismo, incluso cuando desde fuera puede parecer incómodo o extraño