Sección
Cosas cotidianas del día a día: aquellas pequeñas cosas que no se ven
HABLAR POR TELÉFONO
Nunca me he sentido cómoda hablando por teléfono. Y no es por falta de práctica o por no saber usarlo. Es algo más profundo. Algo que tiene que ver con la ansiedad que me provoca no poder ver a la otra persona, no poder anticipar sus reacciones, no tener tiempo para pensar.
Antes de hacer una llamada, me lo pienso muchas veces. A veces incluso escribo lo que quiero decir. Ensayo mentalmente cómo empezar, qué tono usar, cómo cerrar la conversación. Y aun así, cuando suena el tono de llamada, me pongo tensa, me cambia la voz, me siento torpe.
Lo peor es cuando tengo que llamar a alguien que no conozco: pedir cita médica, resolver algo con una empresa, o cualquier gestión por teléfono. No me da miedo que me cuelguen o que se enfaden, sino no saber qué decir si me hacen una pregunta inesperada, no entender lo que me dicen, quedarme en blanco.
Recibir llamadas tampoco es fácil. A veces veo el número y simplemente no contesto. No porque no quiera hablar, sino porque no estoy preparada. Porque me interrumpe de golpe, me altera, y no sé si voy a estar a la altura de lo que se espera de mí en esa conversación.
Después de una llamada, aunque haya sido breve y sin problemas, me quedo agotada. Repaso lo que he dicho, me pregunto si soné extraña, si hablé demasiado rápido, si me notaron nerviosa. Y eso me deja con una sensación de inseguridad que me acompaña un buen rato.
Ya he tratado esta situación con humor (ver versión divertida de llamar por teléfono), pero aquí quiero mostrar cómo se vive realmente con fobia social.

