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miércoles, 12 de marzo de 2025

La incomodidad en el contacto físico: de la evolución a la fobia social


Es natural sentir incomodidad al tener contacto físico con personas desconocidas, y esto no es exclusivo de quienes tienen fobia social. Esta reacción puede entenderse desde una perspectiva evolutiva también a personas sin ella, ya que, en tiempos ancestrales, el contacto cercano con extraños podía ser peligroso, pues podría señalar una amenaza o conflicto. Así, los seres humanos desarrollaron normas sociales que establecían distancias para protegerse de potenciales riesgos, lo que también se refleja en el hecho de que, a nivel subconsciente, tendemos a sentir incomodidad si alguien invade nuestro espacio personal, especialmente si no conocemos a la persona.

 Mientras que esta incomodidad se siente en mayor o menor grado en la mayoría de las personas, para quienes padecen fobia social, ese malestar se ve intensificado. No se trata de un miedo a ser juzgados de forma racional, sino de una reacción interna que se amplifica por la forma en la que el cerebro interpreta estas interacciones. La fobia social hace que esos momentos de contacto físico cercano o incluso de compartir un espacio reducido se conviertan en situaciones abrumadoras, independientemente de si la persona en cuestión está realmente observando o evaluando. Para alguien con fobia social, la incomodidad es mucho más profunda, y la ansiedad que genera puede ser tan fuerte que hace que una situación aparentemente simple, como ir en el transporte público, se convierta en una serie de batallas internas. 

 Hace unos años hacia un trayecto diario , que duró 5 años  y por ejemplo, cuando subía al autobús, la primera batalla comenzaba  mucho antes de que me senara. Se trataba de encontrar un asiento, y preferiblemente uno junto a la ventana, porque de pie todo era más incómodo. El movimiento del vehículo, el tener que mantener el equilibrio y la cercanía a los demás me generaba una sensación de incomodidad inmediata. Lo ideal era encontrar un lugar donde me sintiera más segura, que era ese asiento junto a la ventana, pero esa búsqueda ya era un reto en sí misma. 

 Una vez que me había sentado, sino tenía compañía ya , el siguiente desafío era si alguien se sentaría junto a mí. Cada parada era como una mini odisea mental, en la que intentaba predecir el comportamiento de las personas a mi alrededor. Mi primera preocupación era si me libraría de que alguien ocupase mi asiento de al lado . Si lo ocupaban, siempre prefería que fuese alguien de mi mismo sexo, preferentemente con aspecto amable, la incertidumbre sobre quién se sentaría a mi lado me generaba una preocupación innecesaria. Y si veía a lo lejos a alguien que no me gustaba me decía para mis adentros: "Este no, este no." Aunque suene irracional, esa era la ansiedad que sentía, y me costaba  liberarme de esos pensamientos. 

 Una vez sentada, el resto del trayecto era un constante cuestionamiento mental: ¿Se sentará alguien a mi lado? ¿Cómo será? (Si era alguien del sexo contrario o de aspecto amenazador pej) Aunque en principio el trayecto era relativamente corto, cada parada se convertía  en una nueva batalla interna. A veces, incluso me sorprendía pensando: "Este no, por favor, que no me toque este." Y todo esto mientras trataba de disimular e incluso me relajaba algo de mi incomodidad ,mirando por la ventana distraída con el paisaje que  me ayudaba a desconectarme de la situación. 

 Una de las situaciones que más recuerdo era cuando, en mi horario habitual, había un chico grande con problemas de retraso o algo que, si te tocaba en el asiento de al lado en  el trayecto, solía acariciarte la cabeza y decirte: - - - -"¡Guapa, guapa, qué tal? Bien, y tu mamá?" Era algo tan horrible que me sentía incapaz de reaccionar. Era solo verle de lejos y temblar ‘ que no se acerque , que se quede allí" Ese tipo de contacto físico no solo me resultaba incómodo, sino que me resultaba tremendamente abrumador del que no podía escapar. Era una persona con problemas inofensiva , solo podías dejarte hacer y seguirle la corriente y en 5 años me tocó más de una vez El resto a otras incautos, que siempre eran chicas, que le contestaban , pero con bastante menos delicadeza  que yo

El resto del trayecto volvía a hacerse angustiante a medida que se acercaba mi parada , ya que en ese punto , todo lo que quería era que la persona que se sentaba junto a mí bajara antes que yo para no tener que pedirle paso cuando me tocara salir, ocupando yo el asiento de la salida . Era una batalla constante por mantener mi espacio y mi tranquilidad. 

 También tengo que decir que estaba todo interiorizado y automatizado por la repetición diaria que era aceptada y resignada, viviéndolo con la máxima normalidad posible . Aguantando esa incomodidad que explicada así , si parece una odisea , pero no es que fuera tan horrible como para tener fobia al autobús , pues no era miedo , sino una gran gran incomodidad. 
Eso sí , era un auténtico respiro cuando por fin el viaje terminaba. 

 Este tipo de incomodidad no está relacionado con ser observada ni con la preocupación de que alguien esté juzgando,, sobre todo si estás cómodamente sentada en tu  asiento, otra cosa es caminar con alguien detras que si me siento observada y acabo sin saber donde tengo el pie derecho y el pie izquierdo de la vergüenza insoportable  que tengo . Es la ansiedad que genera estar en situaciones sociales que nos desbordan. Para una persona con fobia social, estos momentos se sienten como una serie de pruebas, batallas internas que a menudo se libran en silencio. La sensación de estar fuera de control es lo que alimenta la ansiedad, haciendo que situaciones cotidianas se conviertan en algo abrumador. 

 En resumen, mientras que todos experimentamos cierta incomodidad con el contacto físico o con la invasión de nuestro espacio personal, para las personas con fobia social esa incomodidad se intensifica, no porque sean juzgadas, sino porque todo el proceso de compartir el espacio con otros se convierte en una fuente de ansiedad difícil de controlar.

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